lunes, 30 de mayo de 2011

Después de la tormenta no siempre hay calma

Me he dado un tiempo para pensar. Durante este tiempo ausente, exploté. Estallé en un mar de llanto. Hacía tiempo que no lloraba de esa manera. Imaginaos a un niño que tiene el mayor disgusto del mundo. Un niño que, de tanto llorar, casi no puede respirar, le entra hipo, no puede articular palabra aunque lo intenta, intenta explicarse pero no puede porque el llanto le quiebra la voz, moquea, se le nubla la vista, tiembla, y, finalmente, aunque ya no llora, sigue hipando, moqueando, con la visión nublada y hecho un ovillo, acurrucado en los brazos de su madre. Pues he ahí a mí misma. Únicamente cambia que en lugar de estar en brazos de mi madre, terminé en brazos de mi novio. Y es que ha resultado que el Sr. Poco Tacto es un santo. Mi salvador. Me abrazó, intentó calmarme con palabras hasta que se dio cuenta de que un abrazo era mucho más efectivo. Y aguantó todo el tiempo que fue necesario hasta que dejé de temblar. Me cogió en brazos y me llevó a la cama. Se echó junto a mí, me tapó y siguió acurrucado conmigo hasta que fui capaz de mantener una conversación coherente.

Ahora estoy más tranquila. Las cosas se han calmado. Mejor dicho: YO me he calmado. Intento re-encontrarme, hacer las paces, disfrutar un poco más de esto que llaman vida, ver todo desde un punto de vista paralelo para que no sea siempre blanco o negro, pero sin caer en la gama de los grises. No me gustan. La última vez que caí en los grises terminé con el culo en el psiquiatra. La depresión también es un estado de apatía en el que todo da igual y nada nos afecta. Las cosas que pasan a nuestro alrededor deberían de afectarnos. De una manera normal, pero afectarnos. A eso es a lo que estoy aprendiendo. Lo consigo a ratos y aún así, tengo mis bajones. Sigo teniendo reacciones radicales. Pero intento controlarlas o, por lo menos, ser consciente de ellas. El darme cuenta de que algo me está afectando de una manera insana es todo un logro, así que si me descontrolo en mi reacción, siempre y cuando me haya dado cuenta de que ésta es desmesurada, me debería de alegrar y felicitar, ya que es parte del objetivo que persigo.

viernes, 6 de mayo de 2011

De nuevo depresiva

Estoy más dual que nunca. Subo y bajo a una velocidad espasmódica. Las veces en las que estoy triste y sin ganas de nada más que de encerrarme son bastante más numerosas que las que tengo ganas de sonreír (ni qué hablar de reír). Y para cuando vuelvo a un estado más o menos estable, vuelvo a caer. Estoy en el abismo y, en cualquier momento, no voy a poder evitar…

Además de mi estado de tristeza, tengo que añadir al paquete emocional mis pasados ataques de ansiedad que intento controlar porque son los que dejan signos más que latentes por algunos días o, incluso, semanas. Alguna herida ha aparecido en mis manos y no puedo permitir que vaya a más. Me siento pesimista aunque en voz alta intento decir cosas positivas que no termino de creerme y, para acompañar a mi desconfianza en lo que yo misma digo, mi sentimiento de impotencia ante lo que se acontece alrededor va en aumento.

Tengo tanto trabajo que no doy abasto. Esta semana casi exploto y mando a todos a la mierda. Y digo casi, porque gracias a que hablé con mis responsables, se ha solucionado un poco mi situación: por fin puedo delegar trabajo a mi gusto. ¡Vaya! Algo sí que he conseguido. No todo tiene tan mal color. Pasaremos al gris oscuro en lugar de quedarnos en el negro.

No duermo bien, tengo sueños rarísimos que sin llegar a ser pesadillas no me dejan descansar. Los recuerdo y me angustian aún más. Así que, dado mi estado, estoy a la que salta, todo me molesta y me porto mal con la gente, contesto de forma inadecuada, ruda y sin tacto alguno. El problema es que me doy cuenta y no me importa. En lugar de hablar podría ir dando puñaladas que para el caso…

Y ayer se dieron cuenta. Corrijo: ayer me preguntaron acerca de mi estado, porque se llevan dando cuenta algunas semanas. Me preguntan si me pasa algo y yo no tengo ganas de explicar nada. De hecho, ni siquiera sé si lo puedo explicar, porque no me queda claro que tenga explicación. Sí, he asumido que es culpa mía: no es la gente la que me pone de mala hostia, sino que soy yo la que me pongo de mala hostia por la razón que sea.

No es que no tenga ganas de pedir ayuda, es que estoy cansada de explicar las cosas. Evidentemente me pasa algo. ¿Por qué me preguntas si me pasa algo? ¡Joder! Pregúntame qué me pasa, directamente. Puede que así en un acto de los míos de impulsividad te suelte de sopetón que me estoy replanteando mi vida.

¿Alguien sabe cómo se apaga el cerebro?