viernes, 29 de abril de 2011

Mis amigas Dukanianas y Huesos

En abril… ¿dietas mil? No estoy segura de que el dicho fuera así, pero parece que tiene bastante más sentido por lo que puedo ver alrededor. No ha llovido mucho este mes, pero sí que ha habido un montón de dietas. Y no es que las haya hecho yo, es que todas mis amigas, conocidas y compañeritas de trabajo, están a dieta. Sí, sí, sí. Como leéis. Y qué decir: me tienen hasta los mismísimos. No aguanto más. No lo soporto. Monotema. Nos juntamos para cualquier cosa y ¿de qué hablan? de la dieta. Yo he comido ‘tal’ y tengo ‘pascual’ para cenar. No paso nada de hambre. En esta fase puedo comer ensalada. Yo ya he incluido pan… Y yo me muerdo los huevos por no soltarlas un par de gritos bien dados. Yo me muero de rabia porque ellas están todas contentas hablando de dietas para bajar 5-7 kilos que a la mayoría no las sobran (bueno, desde mi punto de vista sí, pero, como bien sabéis, no soy objetiva), mientras a mí no se me permite hablar de esas cosas. No, tú no puedes decir que comes sano porque ya estás flaca. Tú no puedes hacer dieta porque mira cómo estás. Tú es que tienes mucha suerte. A ti no te hace falta. Blablabla. Mierda para todas. Se podrían ir a la mierda un rato. Un rato largo.

Y sí, me da rabia que adelgacen. Primero porque a mí me pusieron verde cuando perdí kilos y ahora a ellas, que están haciendo lo mismo, no se las puede toser porque yo mira como estoy. Y después, porque de lo único que yo tengo ganas es que quedarme flaca como un escuerzo. No es que quiera adelgazar más. Estoy bastante estabilizada pero es que cuando oigo lo que han adelgazado, lo grande que les queda el pantalón que compraron hace unos meses o lo que tienen para comer, a mí me dan ganas de vomitarlas en la cara. HIPÓCRITAS. ENVIDIOSAS. Todavía las tengo que oír decir que yo estoy excesivamente delgada.

Así que intento cambiar de temas o, directamente, irme con los chicos que ellos no hacen dieta. Para evitar estas cosas he estado quedando con mi madre. Hemos ido de compras. Últimamente nos llevamos bastante bien o, mejor dicho, no estamos discutiendo tanto por mi peso. ¿Lo habrán aceptado aunque no les guste? Porque sé que no les gusta. Me dio por probarme un biquini. Mala idea, pero ya era tarde. Es precioso, pruébatelo, si yo llego a tener tu edad me lo compraba. Pues venga: Hidden al probador. La luz del probador es estupenda. No hay demasiada, así que no me veo excesivamente blanca (que es como realmente estoy) y parece todo difuminado. Favorece. Me quité la camiseta, el suje y me planté la parte de arriba. Oh, oh… se me notan todos los huesos, las costillas y los del escote… ni con la luz esta… vale, respira, coge aire como las bailarinas, rellena pero sin que se te noten más las costillas, parece que tengo algo más de barriguita, las costillas no se notan más (tampoco menos), con los de el escote no hay nada que hacer y las tetas tampoco se pueden rellenar (una pena).
--¿Qué tal? – pregunta mi madre desde el otro lado de la cortina.
-- Pues fatal, no tengo tetas. – que no abra, que no mire. Pero veo una mano enganchando la cortina negra por el costado derecho…
-- A ver… – ¡mierda! mierda, mierda, mierda...
-- Eres todos huesitos, ¡te queda grande! - mierda, mierda, mierda... ¿cuántos mierda puedo llegar a pensar?...
-- Ya, ya lo veo. Te he dicho que me quedaba mal. Quita, ya está. Una pena. – digo yo mientras cierro la cortinilla e intento echar a mi madre del probador.
Me visto, enrollo un palestino al cuello para tapar esos huesos de los que hace apenas un minuto hablaba mi madre. Si no los ve puede que se olvide de ellos. Tonterías. Salgo y la veo mirando ropa entre los estantes. Me sonríe. No está enfadada. Casi parece que le ha hecho gracia. ¡¡Mi hija no tiene tetas!! En fin…
-- ¿alguna vez vas a volver a pesar lo que pesabas?. – me dice sin mala intención.
-- No estoy tan delgada como otras veces. Además…
-- Este no es tu cuerpo. – me corta a mitad de frase. Así que intento quitarle importancia.

Me sentí tan culpable, que terminé merendando con ella un bocadillito de jamón ibérico con queso de untar que me pesó toda la tarde. Aún así, no vomito. Mejor. En su lugar, ahora, me laxo. ¿Peor? No lo sé.
Me voy recuperando de la crisis que tuve a mediados de mes. Sigo con ataques de ansiedad y pánico, pero intento superarlos. Estoy plantando cara a mis elecciones y siendo consecuente con ellas. No puedo explicar exactamente lo que me pasa por razones personales, aunque no descarto contarlas más adelante. Puede que cuando lo haya superado del todo (si es que eso es posible…).

sábado, 16 de abril de 2011

Reflexiones: cuando dudas de todo...

¿Qué se hace cuando tu mundo se tambalea?
¿Qué hacer ante la perspectiva de que todo puede cambiar?
¿Cómo afrontar que el pasado vuelve y te golpea con todas sus fuerzas en los morros?
¿Cómo volver a ser la que era?
¿Cómo hacer frente a todas estas dudas?
¿Qué hago?
¿y si...? hay tanto 'y si's...
Vuelvo a estar perdida, sola y desorientada. Me cuestiono todo.
Esto no es bueno... nada bueno.
¡SOCORROOOOOO!

martes, 5 de abril de 2011

¿?

Estoy que no estoy.
Estoy ida.
Estoy desganada.
Estoy asqueada.
Estoy...
¿Estoy?

Llevo 3 días rara, ausente. Vuelvo a dejarme llevar. No tengo ganas de nada. Me tiraría en el sofá o en la cama y me pasaría el día ahí tumbada dormitando y dejando pasar las horas. La meteorología no puede ser mejor e invita a realizar actividades al aire libre. Está estupendo para ir a tomar una cerveza a alguna terraza con vistas al mar, dejar que la brisa me de en la cara, aprovechar para que se me quite este color de oficina que tengo, recargar pilar al sol, relajarme. En cambio, yo no tengo ganas. Desaparecer. Eso es lo que realmente me apetece. Dejo pasar las horas en la oficina y justifico como puedo las horas semanales en el informe que me piden; obviamente, esta semana, me lo estoy inventando. Espero que se pase pronto, porque este estado de hastío siempre termina en cambios bruscos que yo misma provoco y, en esta ocasión, no me conviene. Así que mejor que me anime desde mi yo interior, busque lo bueno de mi situación y de lo que me rodea y vuelva a recuperar la alegría.

La semana pasada me crucé con una chica que hace un par de años venía al mismo gimnasio que yo. Para mi sorpresa estaba esquelética. Sorpresa porque esta chica siempre ha estado delgadísima (flaca la llamarían muchos). Medirá alrededor de 1,75 (algo más me atrevería a decir) y está alarmantemente flaca. No estoy siendo objetiva, ya que una persona a la que se considera normal para alguien objetivo, desde mi punto de vista la sobrarían 5 kilos. Me crucé con ella y no podía quitar la mirada de sus piernas: con tejanos se la notaban perfectamente los huesos de las rodillas, que sobresalían bastante más que el fémur. Sus estrechísimas caderas. Mientras una parte de mí opinaba que estaba horrible, la otra tenía envidia. Dentro de mi cabeza surgieron dos mini-Hidden al más puro estilo angelito y demonio. Mis dos miniyós discutían entre sí mientras la Hidden física no podía apartar la vista de sus piernas. Me encantaría verla en la playa y, seguro, la veré porque solemos coincidir también. Aún hoy mis miniyós siguen su discusión: una me compara con ella y me llama gorda, la otra, más consciente quizá, piensa que yo estoy delgada y que lo de esta chica es excesivo. Aún así, cuando llego a casa, me desnudo, me pongo frente al espejo y, también yo, me juzgo. Veredicto: podría tener las piernas más delgadas…