lunes, 13 de junio de 2011

¡PUES NO! ¡NO ME ALEGRO!

(entrada larga, necesito desahogarme)

Ahora resulta que soy la persona más egoísta y envidiosa que conozco. ¿Y por qué? Pues porque se me llevan los demonios cuando alguna de mis amigas me dice que ha adelgazado, porque la reventaría la cara cuando me cuenta lo que come y lo que no, porque estoy hasta los cojones de que me hablen de los beneficios de la dieta Dukan con una sonrisilla en la cara para que al final de cada frase añadan un ‘a ti no te hace falta, claro’, porque se las dan de que se las saben todas y son expertas nutricionistas cuando lo único que hacen es seguir lo que pone en un libro, porque parece que todo el mundo a mi alrededor puede alardear de que están a dieta y nadie les dice nada, mientras yo si no quiero comerme el bocadillo de turno y prefiero pasar con un café tengo que aguantar miradas inquisidoras, porque hasta mi suegra le hace una comida especial a mi cuñada, que está a dieta, mientras a mí lo único que me dice es ‘¿no vas a comer más? Has comido poco’, porque todo el mundo parece tener derecho a comer lo que le de la gana menos yo.

Por eso y porque no soporto ver que mis amigas están adelgazando. Lo siento, pero es así. Me da envidia. No que hayan adelgazado, eso yo también puedo hacerlo, sino que además las feliciten por ello, se regodeen y me lo restrieguen por los morros en plan ‘ya he bajado 5 kilos’ mientras piensan en meterse en alguno de mis pantalones para ver si las valen. Puede que me esté volviendo paranoica y que todo me lo tome como una agresión en toda regla hacia mi persona. No lo sé. Bueno, a decir verdad, si que lo sé: pero es que estoy segura de ello. Cada vez son más las conocidas y amigas que se apuntan a la dieta y, por tanto, más las que están adelgazando y yo no puedo dejar de desear que se pongan gordas. Sí, lo sé: ellas también tienen derecho a estar delgadas y debería de alegrarme por ellas, bla, bla, bla. Pero ni me alegro, ni creo que tengan derecho a meterse en mi terreno. ‘Mi terreno’ digo. ¡A qué he llegado! A desear volver a esos 40 kilos que dejé hace 2 años; a atiborrarme de helados, bollos y chucherías para después terminar echándolo todo por el wc más cercano; a quedarme flaca como un escuerzo sólo por la satisfacción de un ‘mira, no me puedes alcanzar’; a pensar que cada kilo perdido por ellas es una batalla perdida mía.

Y si esto no es bastante, yo estoy más gorda que nunca. Bueno, que nunca no. Pero he engordado 3 kilos y me están matando. Así que me da más rabia aún.

A todo esto tengo que añadir un ‘estás otra vez que da asco verte’. No puedo describir mi cara de asombro ante esto, ya que, como he dicho, he engordado nada más y nada menos que 3 kilos. Aún así, parece que la gentuza de alrededor de mi madre, no puede tener la boca cerrada y tiene que ir pregonando a los cuatro vientos lo flaca y fea que estoy. Y no es que antes estuviera más guapa. No, ni mucho menos. Seguía fea, pero por lo menos, no podían llamarme flaca. Ahora sí. Y yo me alegro, pero mi madre cada vez que tiene que oír de boca de alguna conocida lo flaca que estoy, le da ganas de echarse a llorar. Porque es mi madre y se preocupa por mí. Claro que lo que no le dicen estas petardas menopaúsicas, viejas y arrugadas, es que ellas también están a dieta, que sus hijas, han adelgazado en los últimos meses 5 kilos y que, en este caso, lo que pregonan es lo guapísimas que están y el tipazo que se les ha quedado. No hablo en vano; sus hijas son amigas mías. Y puede que yo esté delgada (no flaca) pero no debería de importarles lo más mínimo. Ni aunque me hubiera propuesto morirme de inanición, que no es el caso, deberían de tener que herir a mi madre. Creo que algún día se les van a atragantar sus palabras y las ganas de herir y desear el mal a los demás para terminar ahogándose en su propia mierda. ¿Es malo desear esto? ¿Me ahogaré yo también por esperar que a esta gentuza metomentodo le den sus propias palabras e ideas en toda la cara?

Alguien me preguntó si tomaba medicación… ahora no puedo mirar porque mientras escribo no tengo el blog abierto, así que os cuento a tod@s. Estuve medicada con clorazepato (genérico de diazepam, lorazepam, orfidal, etc…) pero las dejé enseguida. La verdad es que, en cuanto vi el efecto que me provocaban, únicamente me las tomaba por la noche para poder ‘apagar’ el cerebro y así poder dormir. No me gustaba estar ‘sinsentido’ todo el día. No soportaba ‘nosentir’. Más que nada, porque por aquella época, bastante poco sentía yo como para encima ir por ahí como un fantasma quedándome dormida por todos los rincones. Sí que tenía ansiedad pero, al mismo tiempo, tenía una astenia gigantesca. Estaba deprimida y eufórica al mismo tiempo. Suena raro, pero no sé explicarlo de otra manera.

Por último, decir que siento no poder conectarme tan asiduamente como antes. Aún así, sigo por aquí y os sigo leyendo y siguiendo. ¡Bsines!

lunes, 30 de mayo de 2011

Después de la tormenta no siempre hay calma

Me he dado un tiempo para pensar. Durante este tiempo ausente, exploté. Estallé en un mar de llanto. Hacía tiempo que no lloraba de esa manera. Imaginaos a un niño que tiene el mayor disgusto del mundo. Un niño que, de tanto llorar, casi no puede respirar, le entra hipo, no puede articular palabra aunque lo intenta, intenta explicarse pero no puede porque el llanto le quiebra la voz, moquea, se le nubla la vista, tiembla, y, finalmente, aunque ya no llora, sigue hipando, moqueando, con la visión nublada y hecho un ovillo, acurrucado en los brazos de su madre. Pues he ahí a mí misma. Únicamente cambia que en lugar de estar en brazos de mi madre, terminé en brazos de mi novio. Y es que ha resultado que el Sr. Poco Tacto es un santo. Mi salvador. Me abrazó, intentó calmarme con palabras hasta que se dio cuenta de que un abrazo era mucho más efectivo. Y aguantó todo el tiempo que fue necesario hasta que dejé de temblar. Me cogió en brazos y me llevó a la cama. Se echó junto a mí, me tapó y siguió acurrucado conmigo hasta que fui capaz de mantener una conversación coherente.

Ahora estoy más tranquila. Las cosas se han calmado. Mejor dicho: YO me he calmado. Intento re-encontrarme, hacer las paces, disfrutar un poco más de esto que llaman vida, ver todo desde un punto de vista paralelo para que no sea siempre blanco o negro, pero sin caer en la gama de los grises. No me gustan. La última vez que caí en los grises terminé con el culo en el psiquiatra. La depresión también es un estado de apatía en el que todo da igual y nada nos afecta. Las cosas que pasan a nuestro alrededor deberían de afectarnos. De una manera normal, pero afectarnos. A eso es a lo que estoy aprendiendo. Lo consigo a ratos y aún así, tengo mis bajones. Sigo teniendo reacciones radicales. Pero intento controlarlas o, por lo menos, ser consciente de ellas. El darme cuenta de que algo me está afectando de una manera insana es todo un logro, así que si me descontrolo en mi reacción, siempre y cuando me haya dado cuenta de que ésta es desmesurada, me debería de alegrar y felicitar, ya que es parte del objetivo que persigo.

viernes, 6 de mayo de 2011

De nuevo depresiva

Estoy más dual que nunca. Subo y bajo a una velocidad espasmódica. Las veces en las que estoy triste y sin ganas de nada más que de encerrarme son bastante más numerosas que las que tengo ganas de sonreír (ni qué hablar de reír). Y para cuando vuelvo a un estado más o menos estable, vuelvo a caer. Estoy en el abismo y, en cualquier momento, no voy a poder evitar…

Además de mi estado de tristeza, tengo que añadir al paquete emocional mis pasados ataques de ansiedad que intento controlar porque son los que dejan signos más que latentes por algunos días o, incluso, semanas. Alguna herida ha aparecido en mis manos y no puedo permitir que vaya a más. Me siento pesimista aunque en voz alta intento decir cosas positivas que no termino de creerme y, para acompañar a mi desconfianza en lo que yo misma digo, mi sentimiento de impotencia ante lo que se acontece alrededor va en aumento.

Tengo tanto trabajo que no doy abasto. Esta semana casi exploto y mando a todos a la mierda. Y digo casi, porque gracias a que hablé con mis responsables, se ha solucionado un poco mi situación: por fin puedo delegar trabajo a mi gusto. ¡Vaya! Algo sí que he conseguido. No todo tiene tan mal color. Pasaremos al gris oscuro en lugar de quedarnos en el negro.

No duermo bien, tengo sueños rarísimos que sin llegar a ser pesadillas no me dejan descansar. Los recuerdo y me angustian aún más. Así que, dado mi estado, estoy a la que salta, todo me molesta y me porto mal con la gente, contesto de forma inadecuada, ruda y sin tacto alguno. El problema es que me doy cuenta y no me importa. En lugar de hablar podría ir dando puñaladas que para el caso…

Y ayer se dieron cuenta. Corrijo: ayer me preguntaron acerca de mi estado, porque se llevan dando cuenta algunas semanas. Me preguntan si me pasa algo y yo no tengo ganas de explicar nada. De hecho, ni siquiera sé si lo puedo explicar, porque no me queda claro que tenga explicación. Sí, he asumido que es culpa mía: no es la gente la que me pone de mala hostia, sino que soy yo la que me pongo de mala hostia por la razón que sea.

No es que no tenga ganas de pedir ayuda, es que estoy cansada de explicar las cosas. Evidentemente me pasa algo. ¿Por qué me preguntas si me pasa algo? ¡Joder! Pregúntame qué me pasa, directamente. Puede que así en un acto de los míos de impulsividad te suelte de sopetón que me estoy replanteando mi vida.

¿Alguien sabe cómo se apaga el cerebro?

viernes, 29 de abril de 2011

Mis amigas Dukanianas y Huesos

En abril… ¿dietas mil? No estoy segura de que el dicho fuera así, pero parece que tiene bastante más sentido por lo que puedo ver alrededor. No ha llovido mucho este mes, pero sí que ha habido un montón de dietas. Y no es que las haya hecho yo, es que todas mis amigas, conocidas y compañeritas de trabajo, están a dieta. Sí, sí, sí. Como leéis. Y qué decir: me tienen hasta los mismísimos. No aguanto más. No lo soporto. Monotema. Nos juntamos para cualquier cosa y ¿de qué hablan? de la dieta. Yo he comido ‘tal’ y tengo ‘pascual’ para cenar. No paso nada de hambre. En esta fase puedo comer ensalada. Yo ya he incluido pan… Y yo me muerdo los huevos por no soltarlas un par de gritos bien dados. Yo me muero de rabia porque ellas están todas contentas hablando de dietas para bajar 5-7 kilos que a la mayoría no las sobran (bueno, desde mi punto de vista sí, pero, como bien sabéis, no soy objetiva), mientras a mí no se me permite hablar de esas cosas. No, tú no puedes decir que comes sano porque ya estás flaca. Tú no puedes hacer dieta porque mira cómo estás. Tú es que tienes mucha suerte. A ti no te hace falta. Blablabla. Mierda para todas. Se podrían ir a la mierda un rato. Un rato largo.

Y sí, me da rabia que adelgacen. Primero porque a mí me pusieron verde cuando perdí kilos y ahora a ellas, que están haciendo lo mismo, no se las puede toser porque yo mira como estoy. Y después, porque de lo único que yo tengo ganas es que quedarme flaca como un escuerzo. No es que quiera adelgazar más. Estoy bastante estabilizada pero es que cuando oigo lo que han adelgazado, lo grande que les queda el pantalón que compraron hace unos meses o lo que tienen para comer, a mí me dan ganas de vomitarlas en la cara. HIPÓCRITAS. ENVIDIOSAS. Todavía las tengo que oír decir que yo estoy excesivamente delgada.

Así que intento cambiar de temas o, directamente, irme con los chicos que ellos no hacen dieta. Para evitar estas cosas he estado quedando con mi madre. Hemos ido de compras. Últimamente nos llevamos bastante bien o, mejor dicho, no estamos discutiendo tanto por mi peso. ¿Lo habrán aceptado aunque no les guste? Porque sé que no les gusta. Me dio por probarme un biquini. Mala idea, pero ya era tarde. Es precioso, pruébatelo, si yo llego a tener tu edad me lo compraba. Pues venga: Hidden al probador. La luz del probador es estupenda. No hay demasiada, así que no me veo excesivamente blanca (que es como realmente estoy) y parece todo difuminado. Favorece. Me quité la camiseta, el suje y me planté la parte de arriba. Oh, oh… se me notan todos los huesos, las costillas y los del escote… ni con la luz esta… vale, respira, coge aire como las bailarinas, rellena pero sin que se te noten más las costillas, parece que tengo algo más de barriguita, las costillas no se notan más (tampoco menos), con los de el escote no hay nada que hacer y las tetas tampoco se pueden rellenar (una pena).
--¿Qué tal? – pregunta mi madre desde el otro lado de la cortina.
-- Pues fatal, no tengo tetas. – que no abra, que no mire. Pero veo una mano enganchando la cortina negra por el costado derecho…
-- A ver… – ¡mierda! mierda, mierda, mierda...
-- Eres todos huesitos, ¡te queda grande! - mierda, mierda, mierda... ¿cuántos mierda puedo llegar a pensar?...
-- Ya, ya lo veo. Te he dicho que me quedaba mal. Quita, ya está. Una pena. – digo yo mientras cierro la cortinilla e intento echar a mi madre del probador.
Me visto, enrollo un palestino al cuello para tapar esos huesos de los que hace apenas un minuto hablaba mi madre. Si no los ve puede que se olvide de ellos. Tonterías. Salgo y la veo mirando ropa entre los estantes. Me sonríe. No está enfadada. Casi parece que le ha hecho gracia. ¡¡Mi hija no tiene tetas!! En fin…
-- ¿alguna vez vas a volver a pesar lo que pesabas?. – me dice sin mala intención.
-- No estoy tan delgada como otras veces. Además…
-- Este no es tu cuerpo. – me corta a mitad de frase. Así que intento quitarle importancia.

Me sentí tan culpable, que terminé merendando con ella un bocadillito de jamón ibérico con queso de untar que me pesó toda la tarde. Aún así, no vomito. Mejor. En su lugar, ahora, me laxo. ¿Peor? No lo sé.
Me voy recuperando de la crisis que tuve a mediados de mes. Sigo con ataques de ansiedad y pánico, pero intento superarlos. Estoy plantando cara a mis elecciones y siendo consecuente con ellas. No puedo explicar exactamente lo que me pasa por razones personales, aunque no descarto contarlas más adelante. Puede que cuando lo haya superado del todo (si es que eso es posible…).

sábado, 16 de abril de 2011

Reflexiones: cuando dudas de todo...

¿Qué se hace cuando tu mundo se tambalea?
¿Qué hacer ante la perspectiva de que todo puede cambiar?
¿Cómo afrontar que el pasado vuelve y te golpea con todas sus fuerzas en los morros?
¿Cómo volver a ser la que era?
¿Cómo hacer frente a todas estas dudas?
¿Qué hago?
¿y si...? hay tanto 'y si's...
Vuelvo a estar perdida, sola y desorientada. Me cuestiono todo.
Esto no es bueno... nada bueno.
¡SOCORROOOOOO!

martes, 5 de abril de 2011

¿?

Estoy que no estoy.
Estoy ida.
Estoy desganada.
Estoy asqueada.
Estoy...
¿Estoy?

Llevo 3 días rara, ausente. Vuelvo a dejarme llevar. No tengo ganas de nada. Me tiraría en el sofá o en la cama y me pasaría el día ahí tumbada dormitando y dejando pasar las horas. La meteorología no puede ser mejor e invita a realizar actividades al aire libre. Está estupendo para ir a tomar una cerveza a alguna terraza con vistas al mar, dejar que la brisa me de en la cara, aprovechar para que se me quite este color de oficina que tengo, recargar pilar al sol, relajarme. En cambio, yo no tengo ganas. Desaparecer. Eso es lo que realmente me apetece. Dejo pasar las horas en la oficina y justifico como puedo las horas semanales en el informe que me piden; obviamente, esta semana, me lo estoy inventando. Espero que se pase pronto, porque este estado de hastío siempre termina en cambios bruscos que yo misma provoco y, en esta ocasión, no me conviene. Así que mejor que me anime desde mi yo interior, busque lo bueno de mi situación y de lo que me rodea y vuelva a recuperar la alegría.

La semana pasada me crucé con una chica que hace un par de años venía al mismo gimnasio que yo. Para mi sorpresa estaba esquelética. Sorpresa porque esta chica siempre ha estado delgadísima (flaca la llamarían muchos). Medirá alrededor de 1,75 (algo más me atrevería a decir) y está alarmantemente flaca. No estoy siendo objetiva, ya que una persona a la que se considera normal para alguien objetivo, desde mi punto de vista la sobrarían 5 kilos. Me crucé con ella y no podía quitar la mirada de sus piernas: con tejanos se la notaban perfectamente los huesos de las rodillas, que sobresalían bastante más que el fémur. Sus estrechísimas caderas. Mientras una parte de mí opinaba que estaba horrible, la otra tenía envidia. Dentro de mi cabeza surgieron dos mini-Hidden al más puro estilo angelito y demonio. Mis dos miniyós discutían entre sí mientras la Hidden física no podía apartar la vista de sus piernas. Me encantaría verla en la playa y, seguro, la veré porque solemos coincidir también. Aún hoy mis miniyós siguen su discusión: una me compara con ella y me llama gorda, la otra, más consciente quizá, piensa que yo estoy delgada y que lo de esta chica es excesivo. Aún así, cuando llego a casa, me desnudo, me pongo frente al espejo y, también yo, me juzgo. Veredicto: podría tener las piernas más delgadas…

martes, 29 de marzo de 2011

Cuando ser delgada se convierte en PECADO

Estoy harta de tener que justificarme por estar delgada. Estoy harta por tener que pedir perdón por estar más delgada que la persona que me habla. Estoy harta de soportar miradas inquisidoras. Estoy harta de tener que comer más que cualquier otra persona porque a mí me acusan y a ella no. Estoy harta de hacer cosas que no quiero porque se consideran lo normal. Estoy harta de ser quien no soy. Estoy harta de poner cara de circunstancia con sonrisa forzada cuando me llaman ‘delgadita’ o me recuerdan que me he quedado muy ‘delgadita’ (repetimos palabro). Estoy harta de que me sirvan más en el plato. Estoy harta de que siempre sea a mí a quien preguntan si quiero más aún habiendo comido más que otros que están a la mesa. Estoy harta de que me digan que me faltan ‘2 kilos’ pese lo que pese. Estoy harta de tanta hipocresía. Porque desde hace algún tiempo, parece que tengo que dar razones por las cuales quiero estar delgada. Me preguntan si he vuelto a adelgazar y me scanean de arriba abajo. ¿Me doy media vuelta para que juzgues mi culo también? O mejor aún ¿me despeloto aquí mismo y así sales de dudas? Y no he vuelto a adelgazar. Llevo 3 años pesando más o menos lo mismo, exceptuando el periodo de tiempo en que me quedé en aquellos dulces 42 kilos. Así que 3 años pesando unos 45-47 kilos y todavía hoy recuerdan que llegué a pesar 55. Sólo me arrepiento de no haber pesado desde bastante antes 46. Siempre me queda la duda de que si el cambio hubiera sido, por ejemplo, en plena edad del pavo y se hubiera mantenido así, ahora nadie se extrañaría en que me mantuviera en ese peso. Tengo que aguantar comentarios de madres de mis amigas diciéndome que estaba más guapa antes, que mejor 2 kilillos más. ¡Y una mierda! ¿Antes? ¿Antes de qué? ¿Antes de cuándo? Porque mi físico no es nuevo, llevo así 3 años. Y mientras mi mente se contiene por no darle una mala contestación y un empujón a la metomentodo de turno, me limito a sonreír, decir que he estado más delgada y que he engordado y, sobre todo, que me gusta estar así. Pero me queda por soportar un ‘No, qué va, estabas mejor antes’. Pues engorda tú y a mí déjame en paz. Ha llegado un punto en el que estaría más mona sin hablar cuando salen temas como ‘fulanita ha engordado’. Porque está bien que lo diga cualquiera que está algo por encima del peso ‘¿normal?’, pero que lo diga yo… Que diga yo que fulanita ha engordado o que tiene tripa es PECADO. No se me permite hablar de esos temas, se me juzga de manera diferente a las demás aunque ellas también hayan notado eso que yo digo. Así que he decidido no volver a opinar de estos temas. Me limitaré a poner cara de circunstancia y sonrisa forzada, que parece se me da mucho mejor que la otra opción, está mejor aceptada y yo termino mucho mejor parada.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cuando el Cuerpo Grita

Tengo algunas teorías locas. Entre ellas, que cualquier enfermedad o mal funcionamiento del cuerpo es un aviso de que algo no funciona. Lógico, pensaréis. Pero no me refiero a que si tengo gripe es porque me he resfriado o porque me calé hasta los huesos la última vez que llovió, sino que si he cogido gripe, es porque estaba predispuesta a cogerla y como, por la razón que fuere, no me sentía a gusto, tranquila conmigo misma y en paz, mi cuerpo ha reaccionado pillando la gripe para llamar mi atención. Una no se resfría si está y se siente fuerte, con ánimo, contento y en paz. Así que es una señal de alarma: ‘¡Eh! ¡Tú! ¡Despierta, espabila que algo no va bien!’

Así que parece que mi cuerpo quiere llamar mi atención porque últimamente no para de recordarme que está ahí: un catarro de concurso, conjuntivitis, problemas gastro-intestinales, los ganglios inflamados, me han salido algunos granos de adolescente… Por consiguiente, sigo intentando pactar una tregua en la que ambos saquemos algún beneficio.

Para comenzar, mi mini-viaje me ha encantado. No me perdono haber comido todo lo que me he comido, pero, por otra parte, he disfrutado de lo lindo, así que llegaré a un acuerdo para mi tregua particular en este aspecto y, además, ya estoy maquinando mi propio ‘plan de ataque’ para remediarlo. A mi vuelta, han surgido varios problemas que estoy intentando solventar. Estoy en ello e intento llevarlo lo mejor posible, ya que aunque creo que tiene su razón de ser, no depende mucho de mí. Me preocupa porque escapa a mis posibilidades de encauzarlo pero, por lo menos, lo tengo controlado y me he dado cuenta a tiempo (creo yo, pero las pruebas que me he hecho hablarán por sí solas en un par de semanas). Así, que lo llevo lo mejor posible. Aún así, hasta dentro de unos 15 días no creo que haya tregua en cuando a este aspecto.

He venido más gorda pero me encuentro muy bien de ánimo. Nada que no se pueda remediar en esta semana. Y tengo además una cita con el típico ‘amor platónico’ de la adolescencia (y no tan adolescencia), con el que me sigo llevando mejor que bien. Ante la perspectiva de volver a encontrarnos, no puedo sino alegrarme. Es algo especial lo que mantenemos aunque los dos estamos felizmente ‘casados’. Muchas veces me pregunto que habría pasado si lo nuestro de alguna manera hubiera llegado a buen puerto: las razones por las que no salimos nunca en serio son de lo más variadas y repetidas durante un largo periodo de tiempo. Así que, por mero orgullo, me encanta recordarle lo que se perdió porque lo nuestro nunca cuajó del todo. ¡Jajaja! Me entra la risa: en el fondo sé que le encanto. Digo ‘encanto’ y no ‘gusto’. No creo que esté enamorado de mí, ni mucho menos, pero hay una especie de obsesión sana entre nosotros.

Terminando: voy a ver si en lo que queda de semana, consigo mi tregua y acallo a mi cuerpo que a este paso me va a dejar sorda.

viernes, 11 de marzo de 2011

Informe Semanal: Mis altibajos diarios

Estoy que no estoy. Tan pronto me siento cansada, triste, no me gusto, me siento gorda, pesada y fea que me animo, me río un montón con los compañeros del curro, me miro al espejo y no me desagrada lo que veo. No me entiendo. Tengo un día de esos en los que ni yo me decido. De lo único que estoy segura es de que a estas alturas de la semana pocas ganas de trabajar me quedan.

Durante la semana he hecho una especie de experimento. Mi experimento ha sido de lo más sencillo y complicado al mismo tiempo. Únicamente se trataba de comer casi-normal. He desayunado mi café, mis cereales, zumo e incluso alguna tostada o queso fresco. He comido dos platos de comida con carne, pescado, verduras, pasta y arroz más postre. He cenado también verdura, pollo, sopa y pescado, ensalada y lo que hubiera ese día sin dejar aparte un plato o cosas por el estilo. Entre horas, algún té, café, queso fresco o yogur. En principio, parece sencillo, nada del otro mundo. Para mí, lograrlo ha sido todo un triunfo. Primero porque cuando como más de lo que yo considero, me suelo descontrolar y como aún más de lo que debiera. Segundo, que cuando como esta cantidad de comida siempre suele terminar en el mismo sitio, no precisamente en mi estómago y, aguantarme las ganas de salir corriendo ha sido todo un triunfo.

El resultado: tengo pesadez de estómago, ardor, me siento pesada y gorda, lógicamente peso más y mi barriga parece la de un bebé que acaba de comer. Así que parece que mi estómago no asimila la comida a la misma velocidad que yo. Creo que aún ahora, que son casi las 4 de la tarde, podría regurgitar algún trozo de la cena de ayer. No soporto sentirme así de pesada. Los pantalones siguen estando flojos allí donde estaban flojos aunque los noto un poco más apretados en la cintura por el inminente tripón lleno de comida que tengo. En fin, experimentos… lo bueno es que llevo una semana sin ‘atracarme’ y sin vomitar. Un descanso para mi organismo.

En mi locura de altibajos del día de hoy, he tenido un momento de ganas de gastar y me he regalado un miniviaje (un fin de semana largo). Así que la semana que viene me marcho a oler el verano, al buen tiempo, a ponerme camisetas de manga corta y a ver si quito este color de muerto por lo menos de la cara. Voy a estar acompañada, así que sigo teniendo pendiente escaparme yo por ahí, pero algo es algo y estoy segura de que voy a disfrutar de ello.

jueves, 24 de febrero de 2011

COMES POCO...

¿ein? ¿perdón? No puedo estar menos de acuerdo. Bueno, estoy de acuerdo pero para la persona que me lo ha dicho, y que no se cansa de repetírmelo, como dos platos y postre (fruta o yogur) todos los días. De hecho, la última vez que me lo ha dicho, tenía preparado para comer un plato hermoso de judías verdes y otro de arroz blanco (este no tan abundante, pero una ración normal). ¿Os parece poco? No contestéis, mejor no. O, si lo hacéis, intentad ser objetivas y dejad nuestros trastornos culinarios olvidados para responder. A mí me parece una comida normal: sana, sin grasas y normal.
Vamos a ver:
 Soy mujer y, por tanto, no como tanto como un hombre ni lo necesito
 Tengo un trabajo sedentario, de oficina, en el que me paso la mayor parte del tiempo sentada en una mesa.
 Hace tiempo que no haga ejercicio excesivo como podía practicar hace un par de años (más que nada por falta de tiempo ).
 Los años no pasan en vano y no es lo mismo comer un montón hace 10 años que ahora. Es una pena, pero con la edad nuestro metabolismo se va ralentizando… (aunque intento que no sea así).
Estoy cansada de dar este tipo de explicaciones cuando me estoy esforzando por comer. Como poco, sí. De hecho de lo descrito antes sólo me como la verdura. Pero eso no lo saben. El yogur me lo suelo comer entre horas para mantener activo el metabolismo. Desayuno bien. Más que bien, incluso. Y de la cena mejor no hablar.
Me canso. Estoy cansada de escuchar que como poco. ¿Y qué si como poco? Estoy manteniéndome kilo arriba-kilo abajo, pero visualmente es difícil de notar un kilo.
Intento lidiar con estas cosas lo mejor posible, poniendo buena cara, explicando y hablando las cosas. Pero estoy cansada.
Sólo espero que de aquí en un tiempo todo vuelva al ambiente que tuve allá por septiembre y octubre, o incluso noviembre.
Volverán los días buenos… verás como sí.

viernes, 4 de febrero de 2011

Balance de semana

Ante todo quiero deciros que os leo aunque no os comente. Desde el trabajo no puedo comentar porque salta el control de red y ‘deja huella’ y, últimamente, en casa no estoy sola ni un minuto y no puedo escaquearme tan fácil.

En un principio había pensado en hacer una entrada sobre mis malos hábitos, pero he cambiado de opinión. No es que tenga demasiados, pero últimamente éstos se están agravando volviéndose más continuos y obsesivos. Los conozco demasiado bien y hablar de ello sólo me pone de mala leche porque, en el fondo, o no tan en el fondo, sé que son dañinos, autodestructivos y, encima, dejan huella.
Sigo oyendo eso de ‘come bien’ y ‘eso no es comida, no me extraña que estés así de flaca. Luego dices de las anoréxicas…’. ¿Decir yo de las anoréxicas? ¿qué voy a decir yo? Madre mía, si realmente supieran lo que yo digo, lo que dejo de decir y lo que pienso sobre las anoréxicas…
Y es que intento calmar mi ansiedad y lo único que hago es dejarme marcas de mordiscos y mordisquitos. Menos mal que en el trabajo, por lo menos, nadie me agobia con el tema. Saben de qué pié cojeo aunque no lo comentan demasiado y me dejan hacer, comer o no comer. No me importan los comentarios de ‘normal que estés así, con lo que comes’. Son verdad. Nada que objetar. Nada en contra. No los hacen de manera despectiva y lo agradezco un montón.
Por otra parte, esta semana he recibido algunos halagos (también críticas pero prefiero comentar los halagos que son menos comunes). Mira qué mona, que cuerpito, como una muñeca. Así, todo seguido mientras la persona que me lo decía me agarraba por la cintura con ambas manos y casi podía tocarse los dedos de una mano con los de la otra. Me hizo sentir genial. Todos deberíamos sentirnos de esta manera por lo menos una vez al día. Después una mención a mi pequeño pero notable cambio de look. Te queda muy bien, estás muy guapa. Vaya, pues gracias. Sonrisa de oreja a oreja, mi Ego más grande que nunca y yo tendiendo a mi mínima expresión (aunque estoy lejos de aquella que me llevó de cabeza al psiquiatra).
Necesito más días así. Necesito un fin de semana sin agobios. He pensado en ‘escaparme’ un fin de semana por ahí e incluso he mirado vuelos, pero… ¿cómo digo que me marcho yo sola a cualquier sitio? Imposible. Mi madre se extrañaría y haría mil preguntas, mi novio, las que haría mi madre y alguna más…

martes, 25 de enero de 2011

Políticamente Incorrecta: Condenada a comida forzosa y sin fianza

Últimamente me estoy dando cuenta de que la gente que intenta ser políticamente correcta termina cometiendo tantos o más fallos que los que dicen lo que piensan sin tapujo alguno de una forma impulsiva.
Hace no mucho, se ha celebrado un concurso de belleza para chicas obesas. Yo también voy a ser correcta aunque sea sólo en la presentación del tema. Bien. Para mi sorpresa, este certamen ha estado en boca de un montón de medios de comunicación, tales como radio y televisión, apareciendo incluso en las noticias de la noche. Hasta aquí, bueno; también aparece en las noticias los certámenes de belleza nacionales e internacionales a los que estamos mucho más acostumbrados.


Pero cuál fue mi incredulidad al escuchar que estas chicas parecían sanas y rollizas. ¿Perdón? ¿Ein? Je ne comprends pas, I don’t understand, no entec, ez dut ulertzen, cortocicuito, bip, bip, bip, biiiiiiiiiiiiip, off. Aún así, seguí escuchando con atención. Pero qué lozanas y felices se las ve. El tono en el que estaba hablando el presentador de turno era increíblemente amable, respetuoso y feliz. Entrevistaron a una de las participantes que dijo que ella se sentía totalmente orgullosa de ser como era, que se gustaba y que no tenía porqué esconderse. Perfecto. No me parece mal; más bien todo lo contrario. No me lo creo, pero si ella sí, mejor para ella.

Lo que realmente me repateó, fue el hecho de que no se la juzgara por decir lo que dijo. A mí se me juzga día sí y día también por decir que estoy orgullosa de no llegar a los 45, que me gusta estar así. Se me juzga y obtengo, la mayoría de las veces, un veredicto en mi contra: Culpable, a la cocina con ella, se la condena a comer hasta que vuelva a pesar 51-52 kilos. A ella en cambio, se la respeta. ¿Ves que maja? ‘La gordita feliz de turno’. Y una mierda. Una mierda, no porque ella no sea feliz, sino porque a ella se la cree y a mí no. A ella se la respeta que quiera pesar 90 kilos midiendo 1,60 y a mí se me condena por pesar la mitad. Yo soy una enferma y…¿ella está sana? Y una mierda.
¿Y nadie es capaz de decir que son gordas como a mí me dicen que soy flaca? Porque perdonad que os diga, muchas veces he escuchado que esta chica es anoréxica, cualquier día se muere, no puede verse bien, imposible, está horrorosa, más la valía ganar unos kilos y dejarse de obsesionar con la comida y empezar a comer, y lindezas por el estilo. Pero como hay que ser políticamente correcto, parece que la pobrecita gorda está feliz así y hay que respetarlo. Esto en las noticias. Dejemos las caras de severidad, angustia y pena para cuando hablemos de chicas flacas.

miércoles, 12 de enero de 2011

Conversaciones de alcoba o de cómo evitar situaciones indeseables

Imaginemos: una pareja cualquiera, en una habitación cualquiera, cualquier noche. Poca ropa, hace frío fuera y todo invita a acurrucarse el uno contra el otro.
- Cariño, ¿has adelgazado? Parece que te veo algo más delgada
- Ummmm, pues… puede que algo, los pantalones ya no me aprietan como antes – dice ella mientras realmente está pensando ‘¡¡¡Sí!!! ¡Se nota, se nota!’.
- ¿Y por qué has adelgazado? ¿Comes bien? Tienes que comer más. Come cosas más consistentes. – replica él mientras la toca uno de los huesos de la cadera que tanto le gustan y que hoy sobresalen algo más que ayer pero que sólo ella es capaz de ver esa mínima diferencia.
- Como bien. Llevo una temporada con mucho estrés en el trabajo, no paro, no me dejan ni un momento, muchos nervios…
- Por eso, come algo más consistente: acompaña la verdura con un filete.
- Hoy la he acompañado de pescado – replica ella mientras recuerda cómo el susodicho pescado se ha ido por el baño directo desde el tupper.
- Ya, pero eso no es consistente. ¿Hace cuánto que no te pesas? ¿Cuánto pesas?
- Hace un montón que no me peso, no tengo ni idea – contesta pensando en que si le dijera que roza los 45 el rapapolvos a aguantar sería grande y no tiene ninguna gana de discutir, ni de escuchar lo de siempre y callar, ni de amargarse el momento tan agradable de disfrutar de él en la cama.
- Luego te vamos a pesar. - peligro... peligro...
- (¿Tú y quién más?) Anda, calla y bésame…

Solucionado. El resto os lo imagináis. Ella no se pesó y claro está que no era una pareja cualquiera, ni una cama cualquiera. ¿La noche? Podría haber sido cualquiera.