jueves, 9 de septiembre de 2010

El Chip y Sucesos

Muchas veces me he preguntado dónde se aloja ese chip que hace que se me disparen todas las alarmas del cuerpo. Ese que hace que pierda los pocos papeles que pueda tener y no precisamente con la madre de José… Ese que hace que pierda papeles, control, compostura y me pierda yo. Ese que me obliga a dañarme y a quererme un poco menos todavía, ese que hace que pierda el respeto por mí misma, que me abandone, que hace que termine con los ojos llorosos, con dolor de garganta y hecha polvo.

Pues no tengo mucha idea. Intento hacer memoria. ¿Cuándo terminé de perderme? ¿Cuándo dejé de no poder dejarlo? Porque antes era capaz de coger sólo una galletita y comérmela en trocitos para que durara casi una hora. No exagero: una galleta maría me duraba una hora. Antes también tenía mis ‘caprichos insanos’ de palmeras y bollos de chocolate pero cuando decía ‘ya está, hasta aquí’ podía perfectamente volver a mi rutina de galletas que duran una hora. ¿Por qué ya no puedo? ¿Qué chip, interruptor o lo que sea se ha quemado en mi cabeza? Pues ni idea. No encuentro razón alguna al cambio. Hace muchos años que no tengo una relación normal con la comida pero podía tener cierto control y ciertas rutinas, ahora, aunque hago mis intentos, me abandono. Sí, esa es la palabra: abandono. Porque estoy escribiendo sin pensar a ver si saco algo en claro y abandono es una palabra muy descriptiva. En algún momento de la historia me abandoné y me dejé por el camino.

Voy a intentar recuperarme, encontrarme allí donde me dejé y volver conmigo. Tengo por delante mis ansiadas vacaciones y espero poder contaros dentro de un mes que he sido capaz de controlarme, que he comido (poco o algo porque si como más sé cuál es la consecuencia), que no he vomitado (aunque sea porque no hay baños capaces de tragarse todo lo que echo en ese país al que me dirijo), que he vuelto con un yo completo con esa parte que dejé abandonada y olvidada en algún rincón de mi ser e, incluso que he vuelto contenta y feliz. Con un poco de suerte el chip quemado vuelve reconvertido en El Chip Prodigioso.

En estas últimas dos semanas han sucedido algunas cosas que me han afectado sobremanera. Y no es que me hayan pasado a mí. Ni siquiera me afectan directamente. Pero muchas veces, aunque influyan de una manera indirecta a mi vida y mis relaciones personales, me afectan más que las que atañen directamente a gente que vive conmigo o a mí misma. Están sucediendo demasiadas cosas en un corto periodo de tiempo a mi alrededor y siento que me pierdo entre tanta experiencia y tanta felicidad. Porque han sido sucesos felices para quienes les afecta directamente. No quiero contar aquí estas cosas porque no son mías y no me parece bien airear los asuntos de terceras personas aquí. Pero os puedo decir que me molestan. Soy una egoísta y no quiero que a los demás les pase aquello que yo quiero que me pase a mí. Porque siento que si me llega a pasar lo mismo, como ya ha pasado antes, perderá importancia y seré sólo una persona más en la misma situación. Y yo no quiero ser una persona más. No pretendo ser una persona más porque yo soy ‘especial’ o, por lo menos, quiero serlo. Y prometo que si me llega a pasar algo de lo que estoy hablando aunque no se entienda nada de nada, os lo voy a contar. De momento me conformo con desahogarme con lo que ya ha pasado y no precisamente a mí. Envidiosa y egoísta aunque sea algo que yo realmente no busco. Creo que simplemente es envidia de la felicidad ajena. Tampoco es que quiera que los demás sean infelices y tristes, ni mucho menos. Soy de las que deseo el bien ajeno, pero no puedo dejar de sentir cierta envidia al verlos.