miércoles, 25 de agosto de 2010

He publicado en la entrada anterior un comentario que creo que no está correctamente dirigido. El comentario es respetuoso y no falta el respeto a nadie, así que no me pareció mal publicarlo, pero, de igual manera, no puede dejar de dar mi opinión al respecto. Digo que no está bien dirigido porque no soy d elas que llama 'Ana' y 'Mía' a nadie. Es más, creo qeu en este aspecto soy bastante directo y que no me ando por las ramas: yo no 'llamo a Mía' ni 'recurro a ella', yo vomito, echo la raba, la pota, hasta la primera papilla o lo que sea, yo no 'pido ayuda a Ana' para que me de fuerzas para no comer, simplemente no como porque no me da la gana, porque no soporto ver más de 45 kilos en la báscula, porque me tortura y porque, simplemente, considero que hay muchos alimentos que están de más en mi dieta. Soy anoréxica, bulímica, ambas y ninguna, tengo un trastorno de la conducta alimenticia. Puede que no pueda deifirlo, ni yo ni mi psiquiatra, pero lo cierto es que lo tengo, soy consciente de ello. Al igual que soy consciente de que no es sano, no es normaly que puede que sea una enfermedad, una obsesión, un trastorno obsesivo compulsivo o lo que sea. No por nada se me diagnosticó un trastorno de personalidad anancástica.
Por otra parte, yo no animo a andie a que no coma, no le digo que vaya vomitando todo lo que le parezca, no doy consejos para quedarse en los huesos, ni mucho menos para vomitar, no 'receto' ninguna pastilla adelgazante, ni digo dónde conseguirlas. Es más, creo que los consejos que he ido dando son de lo más sanos (sí, sanos) y que podría dar cualquier nutricionista o endocrino.
Sólo pretendo contar cómo me siento, qué soy y qué no, lo que me pasa, lo que pienso y lo que pasa por mi cabeza. Porque por aquí hay gente que está viviendo, si no lo mismo que yo, algo parecido y, siento que pueden llegara a comprenderme mejor que cualquiera que no es´te metida en esta mierda (nótese que he dicho mierda). Porque si no lo has vivido, sólo salen palabras del tipo 'no entiendes el daño que te estás haciendo' o 'las consecuencias son terribles o 'soys unas niñatas que sólo quieren estar en los huesos y llegar a una perfección que no lo es'. Siento decir que no es perfección lo que busco. Tampoco estoy segura de qué es lo que busco, ni si 'busco' algo. De lo que sí estoy segura es de que estoy contenta de no llegar a los 50 kilos, de que me vea bien en esos pantalones de la talla 32 o 34, de que no me tenga que poner tacones obligatoriamente para que mi figura parezca estilizada (y que conste que los tacones me encantan), de ver que entre mis muslos hay un hueco que hace años no existía, de que se me noten esos huesitos de la cadera que tengo me gustan. Lo siento, pero es así. No animo a nadie a que le gusten las mismas cosas que a mí. ¿He dicho lo siento? Pues me equivoqué; porque no lo siento. Soy así.
Sólo una cosa más: acepto todo tipo de comentario, pero antes de mandarlos, creo que hay que informarse un poco, porque no soy precisamente ninguna nena que tiene una pataleta y se le ha metido en la cabeza 'ser perfecta'. No hablo de perfecciones, más bien de todo lo contrario y, aunque a veces pueda parecer una malcriada, también soy consciente de ello y sé cuando puede parecer que soy una adolescente loca (nada más lejos de la realidad, he de decir). De todas formas, gracias (porque supongo que comentarios de este tipo están hechos sin ninguna malicia, que lo que intentan es 'abrirnos los ojos' a aquellos que los tenemos 'cerrados' peramentemente).

viernes, 13 de agosto de 2010

Mal día

Hoy es uno de esos días en los que te levantas con mal pie, con el pie izquierdo, de mala gana o lo que sea. Es viernes, sí, y eso es lo único que puede animarte un poco. No hay más razón para empezar el día que el hecho de que no te queda más remedio que ir a trabajar. Y es que es uno de esos días en los que te ves fea, gorda, fofa, obesa, ojerosa, con mala cara. No me gusto. Así que mejor no mirarme en el espejo. Pero es inevitable, así que empiezo el día con esa inspección diaria de mis huesillos de la cadera. ¿se notan menos que ayer? ¿por qué? Hagamos memoria... ¿qué hice ayer? ¿qué comí? no tiene sentido, tan sólo desayune normalmente, el resto de comidas no deberían de contar... Me voy a la báscula. Mis sospechas se confirman. He engordado. Para redondear mi mal día, he engordado.
Sí, he vuelto a la rutina de pesarme. Todo por controlarme un poco. Todo porque un día alguien me obligó a subirme de nuevo a la báscula para controlarme y, lo único que ha logrado es que yo vuelva al autocontrol. 500 gr. más. Esos 500 gr de tristeza de más que me llevo conmigo al tajo.

Este fin de semana tengo una quedada con mis amigas. No sé qué ponerme, no tengo ganas de arreglarme. Son fiestas en un pueblo cercano, así que me espera toda una noche de juerga. Y yo sin ninguna gana. Pero hemos quedado para cenar. ¿Por qué tenemos que cenar? Podríamos haber quedado después de cenar, pero no, esto requiere una cena por todo lo alto. Mierda. Menos mal que tengo toda la noche por delante para quemar en caso de exceso.

Resumiendo: Sin ganas, estoy sin ganas de nada...




Esta parte la escribí el martes pero por problémas técnicos no había podido publicarla, así que ahí va:

10 de agosto de 2010.

Este fin de semana me lo he pasado rodeada de gente feliz, con ganas de salir, de hacer cosas. Yo me encontraba en un sitio que no me gusta, que me aburre, en el que sólo se come y se descansa para que cuando te decides a levantarte, volver a comer y volver a descansar con algún que otro café entre medias. ¡Puaj! Aburrimiento, sopor, calor, mucha gente y comida. ¡Puaj!

Pero era un compromiso. Se me dio la oportunidad de quedarme por mi cuenta, pero sopesé las opciones, lo que implicaba quedarme sola, y decidí incorporarme al pack y dejar que hicieran conmigo lo que la gente quería. Un borrego. Eso es lo que he sido este fin de semana. He comido, he vomitado con un miedo atroz a que el pobre váter no pudiera tragarse lo que yo echaba y regurgitase, he cenado, he vuelto a batirme en duelo conmigo misma y, tras haber perdido (o ganado, según se mire), he vuelto a enfrentarme al váter regurgitador que para no estresarlo le he dado la oportunidad de tragárselo todo en cómodos plazos. El váter aguantó y, como puede verse, yo también. Ya pasó. Hasta dentro de un año, ya pasó. Hasta la vista.
Hoy vuelvo a la realidad. Despertador, baño, desayuno, coche, oficina, hacer como que trabajo 8 horas cuando en realidad es 1, comida en el comedor con los compañeros, comida por el desagüe del baño de la oficina todo lo silenciosamente que me es posible (baños comunitarios típicos con paredes de madera de un grosor de 1 cm. y con eco), seguir con mi trabajo, coche, casa, limpiar el desaguisado del fin de semana, un alto para la visita de mamá, café y alguna pasta, aguantar con una sonrisa en los labios y una cháchara amistosa y animada sus miradas desoladoras mientras se muerde la lengua para no decirme lo flaca que le parece que estoy, miradita disimulada, pero que noto, mientras me como una de las pastas que terminará por desaparecer por el desagüe en cuanto se marche (esa pasta no es necesaria en mi organismo), vuelta a la limpieza, preparar cena y comida para mañana, cenar, cena por el desagüe (cené demasiado), un rato de sofá y tele y a dormir. Paz.

Y es que no es más que más de lo mismo.

Más de lo mismo y algo más. Miedo. Miedo y nerviosismo. Me acompañan, están conmigo. De vez en cuando olvido de su presencia pero vuelven. En cuanto dejo de descuidarme vuelven. Sí, cuando dejo de descuidarme y no cuando me descuido. Cuando me descuido y divago y me abstraigo casi logro olvidarme del mundo, de preocupaciones, de quehaceres, de la gente, de mí… de todo.



Dejo de descuidarme, me miro. Estoy distinta, esto antes no era así, me noto extraña, vuelvo a mirar, toco, palpo, ¿y si…? no, no es posible, algún kilo de más, pero… ¿y si…? me muero, miedo, terror, taquicardia, prefiero no pensar en ello, no quiero enfrentarme a la báscula, fuera de mi cabeza, ya pasó, esperaré un tiempo, pero no puedo, espera, puedes esperar. Incertidumbre, dudas, nerviosismo, paranoia. Me muero. ¿Podré aguantar otro día más de incertidumbre, nerviosismo, examen de mí, miedo y paranoia? Respiro, intento tranquilizarme. Puedo esperar, puedo vivir con la incógnita dos semanas. ¿O no? No me decido. Como siempre. Más miedo. Es que esta vez no me atrevo ni a contarlo. Es algo mío. Tan mío que no lo quiero. Me pesa. Taquicardia. Hiperventilo. Necesito algo caliente; un té, verde, con limón, y un chorrito de leche. Gracias. Bebo, me relajo o eso parece. Respiro.
Creo que lo contaré cuando despeje la incógnita. Lo siento.

domingo, 1 de agosto de 2010

Desubicada

No sé por qué cuando estoy entre mis amigas me siento inferior. Puede que inferior no sea la palabra que estoy buscando para descrbir cómo me siento realmente, así que voy a intentar poneros en situacón para que os podáis hacer una idea.

Imaginad un grupo de chicas a finales de la veintena; 4 chicas de un rubio californiano, con sus pieles doradas, vestidas a la última moda neo-hippie con alguna trenza que asoma entre esas mechitas doradas estratégicamente colocadas, delgadas, alguna, según gustos, excesivamente delgada (no en mi opinión, claro está), las demás delgadas, estilizadas pero nada exagerado. Al más puro estilo Jennifer Aniston. Están de pìe en una barra de verano puesta en alguna terraza de algún bar. Charlan animadamente, se rien, cuentan anécdotas, historias, comparten experiencias mientras se toman una coca-cola. Light, claro. ¿Lo tenéis? ¿Os habéis hecho ya la imagen en vuestra mente? Ahora colocaros ahí al lado, con ellas, integraos en el corrito que forman, tomando algo e intentando seguir su ritmo, su estado de humor, compartir sonrisas, experiencias... ¿Ya? ¿Cómo os sentís? Decidme, por favor, que no me estoy volviendo loca tan rápidamente como parece...

Pues no sé vosotras, pero yo me siento fuera de lugar. Primero, que no soy rubia y mi piel no es que esté bronceada precisamente; segundo, yo no tengo anécdotas divertidas qu ecompartir, ni ganas de contar mi día de trabajo; tercero, mis ganas de reirme son más bien nulas. Me miro en el cristal de la terraza del bar aunque intento no hacerlo para no ver el panorama al completo que me golpea directamente en los morros. ¡Toma! un pedacito de realidad: yo, que levanto poco más e metro y medio del suelo, con mi pelo moreno, seguramente, recogido en un moño despeinado, con mis eternos vaqueros y camiseta de sport, rodeada de estupendas chicas rubias, bronceadas y atractivas.

Este reflejo me hace regresar al pasado en plan peli de ciencia ficción 'Regreso al pasado' y efrentarme con todos aquellos fantasmas del pasado de los que, sinceramente, no tengo ninguna gana de volver a saber de ellos y, aún así, me persiguen incansablemente. Me veo en los bares y discotecas cuando comenzábamos a salir. Algunas de ellas y yo, porque no siempre hemos salido todas juntas. ¿Me presentas a tu amiga la rubia? Y es que parece que siempre he tenido una cara amigable o algo por el estilo. Una cara que dacía algo así como '¡Ey! Soy la relaciones públicas dle grupo. Yo os introduzco y después desaparezco'. Y así era, porque desaparecía literalmente una vez les había presentado a la rubia en cuestión. Al principio me hacía gracia eso de que vinieran directament edonde mí para que les presentara a una u otra. Poco a poco, eso no me hacía ya tanta gracia, así que me dedicaba a poner cara de pocos amigos (que parecía no tener el efecto deseado porque seguían viniendo) a quienes intentaban acercarse para que les presentara a fulanita o menganita. 'Preséntate tú, IMBECIL'.

Pues esa es la sensación que me invade últimamente cuando me junto con el que hoy en día es mi grupo de amigas. Me siento como cuando tenía 16 años y ningún chico tenía ojos para mí. Tonterías, porque hoy en día estoy felizmente vivendo con el Sr. Poco Tacto al que quiero un montón y me quiere y cuida tanto o más (más de lo que me quiero y me cuido yo seguro). Pero aún así, no puedo dejar de sentirme una mierdecilla al lado de ellas. Y duele.

No hace tanto que quedamos todas para salir una noche a una zona cercana a la playa y comprobé, una vez más, hasta qué punto puede llegar la imbecilidad del ser humano; es decir, del ser humano varón. Todos, repito, todos y cada uno de los grupos de varones que estbaan en el bar no quitaban ojo a mis estupendísimas amigas. Había vuelvo a los 15 años. Juntaban sus cabezas para cuchichear, se daban codazos y abeceaban hacia donde estaban ellas bailando: '¡mira qué culo!', como si lo oyera, como si no pudiera ver la baba que se les caía, como si no notara que sus ojos se habrían desmesuradamente, como si fuera ciega. Ciega e invisible po lo que parece. No tardaron en acercarse e invitarnos, perdón, invitarlas a chupitos, tragos, o lo que se les antojara en el momento. Mientras, yo hacía mis mejores esfuerzos por mantener mis ojos dentro de la cuenca donde normalmente permanecen tranquilitos y me instaba a mantener la dignidad, ya que mi autoestima estaba a tres metros bajo tierra. Esto no está pasando de nuevo, esto es mentira. Fin. Paro. Mus. Tiro comodín. Como prefiráis; elegid la frase que más os guste.

Pero realmeente no paso y lo sabéis, ¿verdad? Porque aunque yo me haya visto estupenda al salir de casa (cosa que suele pasar muy de vez en cuando porque normalmente me veo bastante mal ya antes de slir por la puerta), me afecta de una manera inquietante el cómo veo yo a la gente de mi alrededor. Me preocupa tanto no adaptarme, no poder integrarmedentro de un grupo, de un puesto de trabajo, de una nueva oficina, de un nuevo grupo de gente. Me preocupa tanto llamar la atención por el simple hecho de, por ejemplo, vestir diferente. Y es que realmente no me gusta llamar la atención. Es decir, me gusta que se fijen en mí, pero no porque vaya llamando la atención con un look digno de Lady Gaga. Está claro que si me visto con un vestido que tapa poco de mi anatomía dejando poco para la imaginación y me `planto un pelucón amarillo, muy desapercibida no voy a pasar y, seguro, se fijarían en mí. Pero no quiero eso. Tampoco quiero pasar totalmente desapercibida y que nadie se de cuenta de que estoy ahí al lado. No quiero sentir que para que alguien se de cuenta de qe estoy ahí me tengo que subir en una mesa y gritar ESTOY AQUÍ. No quiero ser invisible. Quiero ser ese ente, esa presencia que está presente, que es presente, notable y, porqué no, sobresliente. Quiero ser un algo necesario porque cuando falto se nota un algo falta, un esto no es completo. Quiero que se me eche de menos. No tengo muy claro el porqué pero eso es lo que quiero. Eso sí lo tengo claro.

Hay veces en las que me preparo con verdaderas ganas de estar deslumbrante, con un pensamiento de 'hoy rompo', a ver si de una vez por todas logro hacer un poco de sombra a alguna de ellas, pero ess días está nublado y esos días no hay sombra que asome por ningún lado.