lunes, 30 de marzo de 2009

Un nuevo intento


Este va a ser mi segundo intento de llevar un blog. No sé muy bien por qué siempre termino por cansarme de todo y, aunque empiezo con todas las ganas e ilusión del mundo, voy abandonando lo que emprendo. Esta vez intentaré que no sea así.


Debería presentarme, así que aquí os dejo un pedacito de mi historia para poneros en antecedentes:
Comencemos por el principio: lo oculto sale a la luz.
Siempre me gustó escribir. Recuerdo mi primer diario que todavía conservo en una bolsa de papel negra junto con un montón de cartas que escribía a mis amigas en las horas de clase aburridas de la época del colegio. Es una manera de entretenerme, pasar ratos aburridos, expresarme, desahogarme, un hobby, un escape, una ayuda. Nunca he escrito lo que realmente me habría gustado por miedo a qué dirán. Más que a qué dirán, tenía miedo de que en algún momento alguien pudiera leer lo que había escrito; todavía recuerdo el día en que un chico del que yo había escrito que estaba muy bueno en una carta que, evidentemente, no iba dirigida a él, la leyó. Yo tenía 11 años y, en ese momento, me quise morir. Pero eso es otra historia y ahora no quiero entretenerme con esa historia. En mis escritos personales hay códigos que sólo comprendiendo ciertos aspectos de mi vida son entendibles. Podría decirse que están, de alguna manera, codificados. Yo los entiendo y quiero que ahora también otros podáis entenderlos. Poco a poco iré explicando lo referente a esa parte ‘oculta’ de mi vida necesaria para entender lo que voy a contar.
Llevo desde los trece años con dos amigas, diré mejor compañeras, que me han acompañado en diferentes etapas de manera más o menos intensa, pero que siempre han estado ahí. Yo en ningún momento me he olvidado de ellas aunque a veces las haya ignorado, las haya dejado a un lado, no de mi vida, pero sí de ese momento, de esa etapa. Se llaman Ana y Mía. No sólo yo las conozco, muchas otras las conocen, las acompañan también a ellas o las han acompañado en algún momento.
No soy ninguna niña. Llevo más de diez años viviendo de esta manera y cuando digo más de diez años, entiéndase que no son once. No intento que nadie me imite, no estoy aquí para ser ningún ejemplo a seguir (nunca me he considerado un ejemplo a seguir por nada) ni quiero que nadie me intente convencer de que lo que yo he denominado compañeras no lo son porque yo lo siento así. Es una opción, una decisión que tomé y que hoy en día no quiero dejar. Sólo quiero que alguien me entienda: sentirme comprendida aunque sea un poco. Que alguien me escuche aunque no me llegue a entender. Quiero añadir que en todos estos años nadie de mi entorno ha siquiera sospechado. Bueno, sí. Una vez. Pero ya lo contaré a su debido tiempo. Desde aquel día, tuve más cuidado. Eso es todo. Y hasta hoy.

Muchas veces he pensado en los comienzos. Creo que no es cosa sólo de los años reconocidos. Vale que comencé, lo que se dice en toda regla (supongo que sabréis a qué me refiero), a los trece, pero me acuerdo perfectamente de una escena que quedaría grabada en mi cerebro como si hubiera pasado ayer en lugar de hace tantísimos años. En el colegio, desde pequeñita, yo pertenecía al grupo de chicas ‘líderes’. Supongo que ya sabéis a lo que me refiero con lo de grupo de chicas líderes. Creo que en todos los colegios hay un grupo de chicas/os que tienen más éxito que los demás, porque son populares, están considerados como los guapos, generalmente, obtienen buenas calificaciones sin ser bichos raros y, representan lo que los demás de la clase quieren llegar a ser. Nunca he tenido claro cómo pude formar parte de ese selecto grupo, pero así era. Con ellas me sentía cohibida e inferior. Ellas, tan guapas, tan delgadas y decididas. Yo, que con la gente con la que habitualmente solía salir era una niña extravertida y alegre, con ellas me volvía introvertida, vergonzosa y sumisa. Prácticamente me pasaba las horas del recreo callada, escuchando lo que a mí me parecían las más maravillosas ideas del mundo, admirando a las que por aquel entonces eran mis mejores amigas del cole. Un día en la hora del recreo una de ellas preguntó a las demás “¿pensáis que estáis gordas?”. ¡Ja! éramos unas niñas. En serio: niñas con todas sus letras, no teníamos ni 8 años. Por aquel entonces éramos seis las integrantes de tan selecto grupito. Una de mis admiradas amigas, creo que la más admirada, guapa, rubia, ojos verdes, alta y delgada, delgadísima, sin duda alguna contestó “yo sí.”. A lo que las demás también contestaron “y yo”. Todas menos otra chica y yo. Primero me preguntaron a mí: “¿y tú? “. ¡Qué iba a contestar yo! Yo, sin personalidad propia cuando me encontraba con ellas. ¿Qué creéis que contesté? Un rotundo “pues claro”. La verdad es que hasta ese momento nunca me había planteado si me veía y sentía gorda o no. Creo que me consideraba, digamos, normal. Le llegó el turno a la que quedaba. Ella era la más delgada de todas. La verdad es que siempre ha estado así y, hoy en día sigue igual. Tampoco se lo pensó mucho a la hora de contestar. Simplemente dijo “no, yo no estoy gorda”. Me quedé mirándola un momento pensando que tenía toda la razón: ella no estaba gorda en absoluto. Lo raro hubiese sido que habría contestado que sí, al igual que habían hecho las demás. La verdad es que ninguna de las que estábamos allí teníamos ningún problema de sobrepeso, en absoluto. A su respuesta negativa encontró la respuesta “pues eso es de chulas”. En ese momento me quedé con la copla y cuando llegué a casa me puse a reflexionar sobre el tema. Yo podía ser de todo pero no chula. Por lo tanto, con la lógica que puede tener una niña, me puse delante de un espejo y pensé que, entonces, sí que debía sentirme gorda. Y más, si mi idolatrada compañera de clase que estaba bastante más delgada que yo se consideraba gorda, ¿cómo narices iba a estar yo delgada? Imposible. Así que, desde ese momento en adelante, me resigné a ser gorda. Por aquel entonces eso tampoco se convirtió en una obsesión para mí, desde entonces yo sería para mis ojos una niña gorda pero nada más. Algunos años más tarde lo recordaría y pensaría en la razón que tenía para sentirme, esta vez sí, gorda. Con todo su sentido literal.
Tuve una infancia normal, estudié en un colegio de pago, hacia deporte, baile, solfeo, piano y hasta guitarra. Era una buena estudiante, deportista, bailarina, pianista, música. Buena en todo y excelente en nada. Ese es el lema de mi vida. Una frase que he escuchado a mi madre más de una vez. “¿ves?, si te esforzaras un poco más en lugar de notables sacarías sobresaliente”. La chica notable. Esa era yo. Nunca sobresaliente. Pues a mí me bastaba con los notables que no me costaban nada y me dejaban tiempo para todo lo demás. Siempre me ha gustado estar ocupada y tener cosas por hacer. Cuando tenía tiempo libre me inventaba cosas que hacer como deberes, ya que no soportaba estar sin hacer nada o aburrirme. Sí, habéis oído bien, me ponía deberes cuando no los tenía. Me divertían las matemáticas y me divertía leer, así que eso hacía (además de jugar con muñecas, con algún que otro juego y demás, claro está). Soy hija única y, puedo asegurar que, nunca me he aburrido. Hoy en día pienso que era una niña con recursos. Siempre rodeada de gente, amigos, los chicos y chicas del barrio. Nunca estaba sola si yo no lo había buscado. Supongo que lo que supuso un gran cambio para mí fue la transición de los nueve a los diez años. Por aquel entonces yo pasaba las tardes y fines de semana en la calle con mi gente jugando a lo que surgiera. Durante ese año mi cuerpo sufrió grandes cambios. Dejé de ser una niña y, lo que es peor, dejé de parecer una niña. Pronto, ¿verdad?. Crecí cerca de diez centímetros, engordé (no puedo decir cuanto), pero lo que sí recuerdo es que me salió el pecho y se redondearon mis caderas y mis muslos tomaron un volumen que yo consideraba totalmente anormal. Con diez años me encontré con que yo tenía cuerpo de mujer mientras mis amigas eran tablas de planchar con patitas de araña. Para que os hagáis una idea, tenía el mismo pecho que tengo ahora, media lo mismo que ahora y, creo, pesaba lo mismo también. Bueno, para ser sincera pesaba algo más de lo que peso ahora. Esto lo puedo asegurar porque recuerdo una revisión médica que me hicieron por aquella época en el colegio como si me la habrían hecho ayer. Como consecuencia me volví cheposa para que no se me notara el pecho, compraba los pantalones 2 tallas mayores para disimular mis formas y, por si esto no era suficiente, me ponía el bañador de natación debajo de la ropa para aplastar lo que pudiera notarse. Con ropa holgada y algo encorvada, estoy segura de que parecía aún más bajita y gorda de lo que realmente estaba. Tengo que decir que mido un metro sesenta, bastante poco para una edad adulta, pero suficiente si se tienen diez años. Esa no fue una época fácil para mí. Tengo trauma, sí. Y no me avergüenzo cuando lo digo. Hoy en día sigo comprendiendo al ‘yo’ de aquella época. Acomplejada. No encuentro otra palabra para describirme. Por todo: porque tenía tetas, porque tenía culo, porque tenía cintura, porque mis muslos eran redonditos, porque tenía pelos en las piernas. Recuerdo un verano que un día al mirarme en el espejo vi que a la altura de mi cadera había como un hueco hacia adentro y luego el muslo salía por la parte exterior de la pierna. Que me estaban saliendo cartucheras, vaya. Me veía amorfa. Pues mi maravillosa idea fue frotarme la zona con todas mis ganas con una piedra pómez. Sí, lo que leéis: literalmente me lijé los muslos. Imaginaos mis piernas en la piscina, a la que acudíamos todos los días hiciera el tiempo que hiciera, con las heridas autoprovocadas, con todos los muslos rozados por su cara externa. Parecía que me hubieran arrastrado por una calle asfaltada.
Estuve escondiendo mi cuerpo más o menos hasta los trece. Es en esta época cuando comencé a tener épocas depresivas. Recuerdo que aprendí a cocinar un poco. Lo suficiente para poder hacer postres fáciles. Me gustaba hacerlos y, luego, comérmelos, claro. Las tardes que antes pasaba jugando, ahora me quedaba en casa y cocinaba alguna tarta o pastel. El problema era que luego me lo comía. Una cosa era que me comiera un trozo o dos, pero yo me comía toda la tarta, bizcocho o lo que hiciera, y dejaba un poco (2 trozos) para mis padres. Mi madre se solía enfadar bastante. No porque me comiera el bizcocho, sino porque no les dejaba casi nada. Siempre me tachaba de egoísta. Puede que siempre lo haya sido, pero hoy en día creo que cada uno debe pensar en sí mismo, sacarse las castañas del fuego. Mi reacción, en lugar de ser comer menos de lo que cocinaba, fue hacer dos de lo que hiciera, comerme uno entero y un trozo del segundo y, así, quedaba todo menos un trozo (que yo había comido) para mis padres y para desayunar al día siguiente. Imaginaos comerse una tarta o bizcocho enteros cada dos días. Pues eso fue lo que yo pensé también. Lógicamente, estaba engordando y, para más inri, mi madre estaba más delgada que yo. ¿Dónde se ha visto que tu madre se ponga tus vaqueros y la queden mejor que a ti? Más complejos. Seguía llena de complejos. Un montón de complejos que empezaron a surgir y sumarse a los que ya tenía. Hasta me los inventaba y veía complejos donde no los había (por aquel entonces hasta me dio por decir que tenía los pies grandes cuando hoy en día llevo una talla 35). Acomplejada.
Yo había oído hablar de gente que después de comer lo vomitaba y así, no engordaban; así que ni corta ni perezosa, una de esas tardes después de mi atracón de dulce, me dirigí al baño e introduje mis dedos en la boca hasta que tocaron la campañilla. Se me tapó la nariz, mis ojos lloraban y allí no había manera de echar nada. No podía ser. Yo sabía que se podía hacer. Segundo intento. No se cuántas veces lo intenté. Notaba la garganta totalmente irritada, pero en el momento en que yo pensaba que no iba a ser capaz, un trozo de quesada (ese día había hecho quesada) me subió por el esófago. No llegó a llegar a la boca. Dejé de hacer esfuerzos y lo noté bajar de nuevo por donde había llegado. Ya estaba. Ya lo tenía. Ahora sí que podía sacar la quesada de mi estómago. Y así lo hice. Desde entonces, mis atracones de la tarde no tuvieron más problema: vomitaba el bizcocho y mi egoísmo.
Entre tanto mis amigas, la mayoría mayores que yo, para esa época ya habían desarrollado y echado cuerpo. Aquí comienza otro... no se si llamarlo problema, trauma... complejo. Sí otro complejo. Acomplejada una vez más. Dejé de ser la más alta. Hasta entonces, vale que era la más gorda, pero para mí era medianamente comprensible ya que yo había desarrollado hacía años y ellas no, pero también era alta por lo que quedaba un poco compensado el tema del peso. En cuanto ellas empezaron a desarrollar, resultó que yo me quedé la más baja. Ahora además de la más gorda era la más baja. Me sentía como una bolita. En esta época, parece que mi madre me dejó algo más de libertad para comprar ropa y vestir un poco como me diera la gana, así que para ocultar más mis defectos y esconderme todo lo que podía, a mis pantalones grandes y camisas de cuadros de mi padre añadí un montón de ropa negra. Siempre vestía de colores oscuros y, a poder ser de negro. Añado que esto lo he alargado hasta los días de hoy. Me encanta el negro, no lo puedo evitar. Ya no lo hago tanto por esconderme. Simplemente me gusta, me agrada ver el contraste de mi piel blanca con el negro de la ropa y mi pelo. Pero volvamos a mi pre-adolescencia que me estoy yendo por las ramas. ¿Dónde estaba? ¡Ah, si! Mis amigas habían crecido y yo no, estaba como a los 10. Cuando había que estar pensando en que me gustaba zutanito o menganito, yo estaba deprimida pensando que el tal zutanito andaba detrás de alguna amiga mía que era mucho más alta, delgada y rubia que yo. Sí, además de sentirme fatal con mi cuerpo, tengo que añadir que nunca tuve suerte con los chicos. Todos los que me gustaban me consideraban la maja del grupo y venían a contarme que les gustaba alguna de mis amigas. ¿Os imagináis? Yo era la maja y fea y gorda del grupo. Ese era el cuento de mis fines de semana: sentirme maja, fea y gorda. Tengo que aclarar que algún chico hubo que se fijó en mí, pero los menos. Si tengo que resumir todo lo que en mi adolescencia tuvo repercusión en lo que hoy soy, diría que siempre me quitaban lo que yo quería para mí: la ropa que me quería comprar, en mi opinión, que era la que entonces contaba, les quedaba mejor a mis amigas, a los chicos que a mí me gustaban realmente les gustaba otra de mis amigas (normalmente una de ellas en particular, pero no creo que esto tenga importancia), mi madre no me dejaba salir tanto como a las demás. En fin que no tenía opción de hacer libremente nada de lo que yo realmente quería. Para rematar mi autoestima, me salieron un montón de granos en la cara. Éstos me acompañarían hasta los diecisiete años. ¿Qué podía controlar yo? La naturaleza había decidido que no midiera más de 1,60 y que tuviera granos a la edad del pavo y algún año más; mi madre decidía mi horario de salidas y entradas a casa, mis notas debían de ser como mínimos de notable, y los chicos pasaban bastante de mí si no era para ser mis amigos, así que me centré en lo que quedaba que yo podía controlar. Intenté hacer desaparecer los granitos con no mucho éxito, pero de mientras, me propuse adelgazar. Alguna de mis amigas, de vez en cuando se ponían a dieta. Bueno, no tan de vez en cuando porque sé de una que se pasaba el día comiendo chicles de happydent para quitar el hambre y no de tanto en tanto. Yo no iba a hacer ninguna dieta o, por lo menos, no iba a dejar que la gente supiera que la hacía. Empecé a vomitar lo que me daban de comer en el colegio cuando yo consideraba que había comido demasiado o cuando tenía algún momento de depresión de los míos. Por las tardes, seguía dándome atracones. Bajaba al supermercado que tenía debajo de casa y compraba toda clase de dulces (soy una golosa): tabletas de chocolate, bollería, galletas, bollitos. En casa lo mezclaba con leche para luego poder vomitarlo más fácilmente y engullía todo en tiempo record mientras veía alguna serie de dibujos Manga.
Había meses en los que me sentía de otra manera (no voy a decir mejor porque no es verdad) y ya sea por asco, pereza o dejadez no vomitaba. Creo que el último año de instituto fue la época que más tiempo estuve sin hacer mis visitas al baño. Tengo que aclarar que tampoco me pegaba los atracones de antes. Aún llevando una vida que los que no viven esto llamarían normal, mi cabeza iba por libre y contaba calorías, pensaba en el deporte que tenía que hacer para mantenerme, etc. Este año teníamos que escoger lo que queríamos estudiar. De esta decisión dependía lo que en un futuro iba a ser nuestro medio de vida. Yo no tenía las cosas nada claras. Siempre he sido de ciencias puras. Me gustaba el dibujo, pero tampoco hacía ascos a la biología. Finalmente me decanté por dibujo, así que yo decidí estudiar ingeniería. Hoy en día no se si hice bien. No estudié la rama de la ingeniería que me habría gustado, pero no me fue mal. De nuevo dejé que otros decidieran por mí. Tampoco esta vez iba a ser yo la que decidía. La época de universidad fue de lo más movidita en cuanto al tema que quiero tratar en esta historia. En el primer año fue cuando una de mis amigas se dio cuenta de lo que me estaba pasando. No me sorprendió tampoco demasiado puesto que vomité delante de ella. Pero voy a empezar por el principio. Mi primer día de universidad.
Cuando llegué a la universidad, tenía bastante más peso del que normalmente solía tener. Todo el último curso de colegio íbamos a comer a la escuela de hostelería y eso se nota si se está acostumbrado a comer casi nada de lo que te ponían en el comedor del colegio. Durante todo el verano en mi cabeza rondaba la idea de que como empezaba una etapa nueva, una experiencia nueva, con eso de tener que ir a la uni, no pasaba nada porque bajara algo más de lo normal de peso. La gente pensaría que se trataba del cambio, el stress provocado por la nueva metodología de estudio. Y así fue. De mis 55 kg iniciales me quedé en 46 en cosa de 5 meses. Me apunté al gimnasio y sólo me permitía comer en exceso en el desayuno, y aún así, cuando llegaba a clase hacía mi visita diaria al cuarto de baño (desayunaba un paquete entero de galletas maría con margarina). Yo tampoco me notaba que adelgazase de forma tan notoria, pero pronto la gente que me conocía de siempre me empezó a parar por la calle y preguntarme si me encontraba bien. Mi respuesta era automática: “si claro, estupendamente, supongo que será por el stress de la uni”. Y ya está. Se quedaban contentos. Este año, la verdad, fue algo loco. En cuanto hice mi grupo se me veía bastante poco por clase. Mis días de estudio y clase los pasaba en una cafetería cercana a la universidad con mis nuevos amigos. Las fiestas universitarias y quedadas se sucedían los fines de semana y cuando no las había, salía de fiesta con mis amigas de siempre. Los fines de semana empecé a beber en exceso. Hoy en día lo pienso y me parece una locura. Ahora casi no pruebo el alcohol. Aquellos fines de semana terminaba totalmente deshidratada. Ingería cantidades bastante increíbles de alcohol. Tumbaba a muchos de los chicos que se reían cuando les decía que bebía muchísimo. Al final terminaban bastante en peor estado que yo. Claro que lo que no sabían, era que en mis repetidas visitas a baño, yo iba vaciando lo que entraba en mi estómago. Al principio de la noche para ‘bajar’ la cena y luego porque me encontraba fatal. Esto duró otros 2 años. Durante ese tiempo iba de fiesta en fiesta y cuando no la había me la inventaba. En el segundo año de universidad, la mayoría de mis amigos de primero se quedaron repitiendo primero. Yo, la fiestera, cuando había que estudiar era de lo más responsable (seguía saliendo de fiesta en menos medida, pero hiciera lo que hiciera por la noche, al día siguiente a las 7 estaba estudiando) y pasé de curso sin ningún problema. Este curso me encontré de lo más perdida y sola. No es que estuviera sola de verdad, tenía más compañeros de clase, pero me sentía sola. El primer cuatrimestre dejé todas. Miento, aprobé una. Mi madre puso el grito en el cielo. Empezó a sospechar que algo no marchaba bien conmigo. Me notaba triste y distante. Entre tanto, yo había ganado algo de peso y estaba entre los 48 y 50 kg. Tenía un peso totalmente normal. Yo, que estaba totalmente deprimida y triste (mi madre no andaba muy alejada en sus sospechas) me fijaba en una de mis amigas. Siempre he sospechado que a ella la acompaña Ana desde hace mucho tiempo. Siempre ha estado por debajo de lo que la gente denomina un peso saludable y normal para su altura pero esta vez iba a más. Llegó a pesar 42 kilos para su metro sesenta y cinco. Cuando la gente decía que estaba de dar asco, a mí me parecía que estaba estupenda. Siempre me lo ha parecido, la verdad. Esto me deprimía aún más. Ella podía y yo no. Nunca tuve la fuerza de voluntad de restringirme la comida de esa manera durante el tiempo necesario. Siempre terminaba comiéndome todo lo que encontraba a mano (aunque luego terminara nadando en el baño más cercano). Aquello era envidia. Y no sana. Creo que esa clase de envidia no existe. La envidia es envidia y nunca puede ser sana. En fin, que veía mi objetivo en lo que mi amiga tenía, en lo que mi amiga era y yo no. Cuando me pasan estas cosas, en lugar de auto-animarme y decirme “ánimo que si ella puede tú también”, yo me hundía más y más y mis atracones eran mucho más continuos. Cuando me deprimía ahogaba mis lágrimas, mis penas, en comida. Lógicamente mis visitas a cualquier baño que tuviera a mano también eran mucho más constantes. Mi boca casi siempre tenía heridas en los laterales y aunque no estaba excesivamente delgada, mi aspecto en general no era bueno. Tenía cara de cansada y unas ojeras prominentes, seguía emborrachándome los fines de semana y auto-compadeciéndome cada vez que quedaba con ella. Fue entonces cuando en una de las quedadas con mis amigas en casa de una de ellas, me pasó lo que no habría podido imaginar.
Quedábamos en casa de alguna siempre que nuestros padres marchaban de fin de semana para emborracharnos en casa, que salía mucho más barato, y salir ya contentillas de fiesta. Esa noche, desde que llegué estaba pensando en vomitar la cena. Me dirigí al baño pero no me quedé muy convencida de que aquél wc se fuera a tragar mi cena y, lo último que quería era atascar el baño de la casa de una de mis amigas. Así, salí del baño con mi cena todavía en mi estómago y pensé que si bebía lo suficiente para que la mezcla de lo bebido con mi cena hicieran que lo que saliera fuera mucho más líquido, no habría problema en que el wc se tragara aquello. Ni corta ni perezosa me puse hasta el culo de kalimotxo hasta que mi estómago ya no pudo más. Me levanté de la mesa y me dirigía al baño cuando una de las de la mesa me dijo que ella también quería ir al baño y que venía conmigo. Me acordé en los chicos que decían “¿por qué vais las chicas de dos en dos al baño?”. En esos momentos no lo tuve nada claro. Hicimos pis y cuando íbamos a salir, fingí que me sentía mal y la dije que tenía que devolver. Y lo hice. Mi sorpresa fue cuando terminé y me dijo que sabía lo que me pasaba que no pensaba que estuviera borracha y necesitara vomitar por esa razón, que sabía que no aguantaba prácticamente nada de comida dentro de mi estómago por mucho tiempo, que como siguiera así se lo iba a decir a mi madre (imaginaos, ¡a mi madre!). Por aquella época una compañera suya del instituto estaba hospitalizada por anorexia, así que supongo que estaba bastante puesta al día en el tema. Salimos a la terraza. Yo llorando. No quería que las demás notaran nada. Ella no contó nada. Hablamos durante un buen rato. Yo prometí que iba a intentar no hacerlo más y ella que de momento no iba a decírselo a nadie. No volvimos a hablar del tema. Tampoco he dado nunca más ningún indicio para que nadie, ni siquiera ella, sospechara nada más. Fue una época tonta. Supongo que pensará eso. Nada más.

Tengo que aclarar que mi amiga que se había convertido en mi envidiada obsesión por su delgadez y fuerza de voluntad (para dejar de comer), hoy por hoy, sigue igual que hace años. No pesa 42 kg pero tampoco supera los 45 aunque ella se empeñe en decir que sí (hace no mucho me dijo que nunca ha pesado menos de 45 ‘con ropa’ ¡Ja!). Siempre he pensado que ese era mi peso a alcanzar. Sólo conseguí acercarme aquel primer año de universidad. Hasta ahora me he mantenido en 48-52. Excepto en el año 2007 que llegué a los 57 (ya contaré más adelante). ¡Horror! Sólo escribirlo, admitirlo, hacerlo público me doy asco, me dan escalofríos y me entran ganas de salir corriendo al baño aunque no tenga nada en mi estómago. ¡Puaj! Bueno, sigo. Mis días de universidad pasaron más o menos en esa línea. A la mitad de la carrera comencé a salir con un chico. Puedo decir que era mi primer novio formal, ya que en los primeros años de universidad tuve una etapa de lo más promiscua. Comprobé que, en general, las mujeres pueden conseguir a casi cualquier chico que se propongan. Incluso hasta los que yo sabía de antemano que estaban ‘enamorados’ de alguna de mis amigas (aunque a ella no le gustara), yo conseguía que por una noche se olvidaran de ella y terminaran liándose conmigo. Se me dibuja una sonrisilla cada vez que lo recuerdo... me tendríais que ver ahora en el trabajo sonriendo. Bueno, la verdad es que con este chico del que hablo he tenido toda la vida una relación de dependencia de lo más extraña. Me ha encantado toda la vida. No puedo evitarlo. Y estoy hablando en presente porque hoy en día podría decir que aunque cada uno ha rehecho su vida con otra persona, estoy convencida de que entre nosotros sigue habiendo un algo especial. Recuerdos de lo que pudo ser y no fue; algunas veces por él y otras por mí. Nos recordamos con un cariño especial. Soñamos el uno con el otro y, aunque haga mucho tiempo que no nos veamos, pensamos el uno en el otro. A veces con nostalgia de aquellos días locos que vivíamos y otras como amigos que nos comprendemos aunque nos llevemos la contraria. Hoy en día todavía seguimos en contacto y, no puedo evitar que para mí sea alguien especial. A lo que iba: mi primer ‘novio formal’. Este chico tenía una hermana que yo sospechaba tenia algún ED. Por aquel entonces no estaba muy segura, pero años después, cuando ya no salía con este chico se aclararían mis dudas. Es Ana. Yo la oía vomitar cuando no había tenido más remedio que comerse la pizza que habíamos encargado o cuando venía de fiesta y supongo que se había puesto hasta las orejas de beber, entre otras cosas. Coqueteaba también con algunas drogas. Adelgazó precisamente por el consumo de éstas y, después, no quiso volver a recuperar el peso perdido. Aquí imagino más que otra cosa porque después de volver a verla algún año después de dejarlo con su hermano, no he vuelto a verla, pero la última vez que la vi creo que rondaría los 40 kilos (siendo más o menos de mi altura). De hecho me tuvo que llamar ella porque yo no la reconocí. Aquellas noches me moría de envidia porque yo no podía hacer lo mismo sin despertar al que dormía a mi lado. Esas noches me quedaba dormida llorando por la impotencia.
Desde entonces, he seguido prácticamente igual. Aprovecho siempre los cambios (de trabajo, viajes, vueltas de viajes, de casa) para no levantar sospechas. Nadie me ha dicho ni ha notado nada hasta este último año. La gente siempre me ha percibido mucho más delgada de lo que realmente soy. “Qué pequeñita eres” es una frase que escucho en muchas ocasiones pero yo se que no es cierto. Por lo menos no hasta ahora. ¿Por qué la gente tiende a hacerse ideas equivocadas y se deja engañar por la primera impresión? Y no me refiero a juzgar a la gente. Aquí no me ocupa ese tema. Me refiero a que si alguien ve a una chica que tiene la cara flaca, se hace a la idea de que está delgada aunque tenga un culo del tamaño de una plaza de toros. O, por el contrario, si una persona tiene la cara redondeada, aunque esté esquelética (véase el caso de mi amiga que mi madre dice que está guapa cuando tiene repetidas discusiones conmigo porque dice que yo estoy flaca y he abultado exactamente el doble que ella), no se la percibe así y se la puede llegar a ver delgada, normal. Yo lo he visto, lo he vivido. ¿No os ha pasado nunca? De hecho yo, aunque doy la impresión de ser más delgada y más bajita (horror), soy bastante redondita... y no tan bajita (creo). Puedo reconocer que ahora sí que estoy bastante pequeñita pero hasta ahora, aunque daba esa impresión no lo estaba. Véase el ejemplo del verano de 2007; como ya os comentaba, llegué a los 57 kg. Casi sin darme cuenta.
Dejé el gimnasio (llevo yendo al gimnasio desde hace 7 años) allá por abril porque empezaba a hacer buen tiempo y después del trabajo me gustaba estar en la calle, la playa o cualquier sitio al aire libre, entre otras cosas, porque el año pasado me cambiaron de monitores y no me motivaba nada ir. Supongo que fui cogiendo peso poco a poco porque tampoco era muy consciente. En julio me hicieron la revisión médica de todos los años y ¡sorpresa! 54 kg. No voy a ser hipócrita y decir que no lo notaba porque los pantalones me oprimían considerablemente, pero me ponía un vestido corto encima y tapaba casi hasta las rodillas, así que, supongo, no quería ser demasiado consciente de mi culo gordo. En vacaciones tampoco hice nada para remediarlo. Por pereza, asco, dejadez, qué más da. El caso es que yo evitaba mirarme más de lo necesario en los espejos, entiéndase que sólo me miraba la cara. Con los pantalones de verano que siempre llevo bastante anchos me daba todo un poco igual. Dejó de darme igual cuando volví al curro a finales de agosto, tuve que volver a ponerme pantalones largos y no me ataban. Empecé a sacar todos los pantalones que había en el armario a ver si es que eran sólo los que me había probado los que no me valían. Pues no. Eran todos. Hasta aquí habíamos llegado. Hay una foto de las que sacamos en agosto de vacaciones que es como para deshacerse de ella o, mejor pensado, para imprimirla y así, cuando esté en horas bajas sacarla y recordarme lo que no quiero ser, volver a ser. Es horrorosa, salgo yo, en biquini, de medio perfil. ¡Estoy gordísima! Y no son imaginaciones mías, hasta mi madre me dijo que en esa foto estaba gorda. ¡Dios! ¿Cómo he podido llegar a eso? Doy asco, verdaderas nauseas, ¡Puaj! ¿Sabéis la cerdita Peggy? Pues estoy parecida. Como un cerdo grasiento, gordo, obeso.
Así que a la vuelta de las vacaciones, fui a apuntarme al gimnasio. Estuve visitando unos cuantos hasta que me decidí por uno. Realmente acerté. Cuando volví a la oficina la gente no notaba que yo volvía con 3 kilos más de los que me marché y 7 más que cuando empecé a trabajar. Ya he explicado que la gente se hace una idea y una imagen predeterminada y ve pocas variaciones de la misma a no ser que el cambio sea radical.
En principio pensé que con sólo ir al gimnasio y volver a comer de tupper iba a ser suficiente. Pasó todo un mes. Empecé a desesperarme porque tenía que seguir vistiendo sólo con 2 pantalones que eran los únicos que me sentaban medianamente bien y me entraban (los pantalones eran elásticos y por eso todavía me los podía embutir). En noviembre conseguí que me volvieran a valer los pantalones de antes. La cosa no iba tan mal pero no era suficiente.

A finales de 2007 empecé a escribir con vistas a crear un blog aunque no lo haya hecho hasta ahora. Son bastantes entradas por lo que las voy añadiendo en diferentes post con la fecha como parte del título.

De ahora en adelante escribiré si no todos los días, intentaré hacerlo por lo menos todas las semanas. Estáis invitadas a este sitio. Leeré vuestros comentarios al igual que vosotras leéis los míos. Nos animaremos, aconsejaremos y ayudaremos mutuamente.
Pido que si gente llegara aquí y leyera algo que no le gusta, que no comparte, que le repugna, que nos respete. No pido que comparta lo que pienso, hago o vivo, porque seguro, yo tampoco comparto lo que piensa, hace y vive. No me meto con nadie por lo que espero lo mismo de los demás.


Nota: todos los nombres y lugares de viajes no son los reales. Prefiero seguir medio-oculta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario