martes, 31 de marzo de 2009

31/01/2008. Soledad


Sola. Llevo toda la semana sola. Estoy en una cafetería tomando un té con limón. Sola. Con lo de comer fuera de la oficina creo que me he pasado un poco. No he podido sacar todo lo que había comido. De eso me he dado cuenta. Luego gominolas: cuatro o cinco. El azúcar no me viene mal para el gimnasio. La semana pasada casi desfallezco. Me duele el muslo derecho. Noto como si tuviera agujetas pero es imposible porque esta semana he hecho más bien poco esfuerzo. Esta noche voy a cenar a casa de mi novio. ¿Es que no me van a dejar comer, cenar, desayunar lo que me de la gana? Todo son compromisos ¿cómo decir que no? Yo lo intento. Si la gente no estuviera tan obsesionada con los actos sociales en los que hay que comer... ¿no se puede hacer un acto social sin comida? Ir a tomar algo y ya está. Quien quiera algo de comer que lo compre y si no, pues nada. Me he comido otra gominola en el tren y estoy pensando en ella. Todavía tengo ese sabor dulce del azúcar que lleva. Tengo otra en el bolsillo. No, no la quiero. Me gustaría no quererla... no me la voy a comer. Me gustaría no tener que comer esta noche en casa de mi novio. Pero no soy fuerte; en cuanto me ponen cosas ricas delante de las narices no soy capaz de estarme quietecita. Ya lo arreglaré luego. Eso es lo que pienso antes de empezar, durante y, por supuesto, después.

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