martes, 31 de marzo de 2009

17/03/2008 a 20/03/2008. Holanda





17/03/2008
Holanda I.
Estoy en Holanda. Hoy me he podido evadir bastante de las comidas porque he cogido diarrea. Ayer en el avión ya me encontraba un poco rarilla del estómago y esta mañana he descubierto el por qué. Así que no he comido nada hasta la cena. He cenado canelones con espinacas pero he ido al baño antes del postre y aunque no ha salido todo, he hecho un apaño. De postre cheescake de plátano. Riquísimo, por cierto. Por lo demás me han dado un poco la lata con el ‘¿y no tienes hambre?’ ‘algo tendrás que comer’.
¿Por qué? ¿Por qué tendré que comer algo? ¿Y si no quiero? Mañana a ver cómo me las arreglo.
Pasamos todo el día caminando, eso sí. Bueno, un día menos para volver.

19/03/2008
Holanda II.
No se, no se… veré al volver lo que ha pasado porque aquí me es imposible controlar nada. De momento después de cenar he ido todos los días al baño pero no todo lo que habría querido. Andamos mucho pero no lo suficiente para quemar todo. Quiero más. A veces siento que quiero desaparecer, consumirme. Me quedo mirando chicas más delgadas que yo por la calle y pienso ‘me gustaría estar así’ o incluso ‘me gustaría abultar menos que esa’. Cuando vuelva recobraré el control aunque vuelva a comer en la oficina. Todo son obstáculos pero no importa. Yo puedo más que eso. ¡¿Por qué todo el mundo es tan… no sé, con la comida?! ‘¿No tienes hambre?’ ‘¿de verdad que no tiene hambre?’, ‘come un poco más’, ‘¿qué quieres cenar?’ ¡No! No tengo hambre y no quiero cenar. Aunque parezca mentira, ayer y hoy no he sentido hambre y eso quiere decir que no necesito comer nada. Desayuno bien, es suficiente, no quiero nada más. Frutita y listo. Podría alimentarme a base de fruta y té. No me importaría.

20/03/2008
Holanda III.
¿Quieres?, ¿quieres? ¿Sí, no? Toma, coge ¿Quieres, no? Pues no, no quiero. Hoy no he cenado. ¿Cómo iba a cenar, cómo iba a querer, después de haberme puesto como una cerda? Ya lo sé, suena fatal, pero es como me siento. Me he comido al medio día un rollito de ensalada, que por cierto tenía aguacate, una ensaimada de manzana y una magdalena enorme de chocolate. ¿Ves? ¡Cómo iba a cenar después de haberme comido todo lo que necesito para un mes en 2 horas! Me da lo mismo que esté danzando por ahí desde las 8:30 de la mañana, los museos que hayamos visto o lo que hayamos caminado. Eso no importa. Lo importante es que estoy cayendo muy bajo. Además hoy me he pesado en uno de los museos y aunque llevaba vaqueros, camiseta, jersey, chaqueta, botas y bolso encima, no puedo permitirme pasar de los 50. No puedo permitírmelo y no quiero; no quiero porque es demasiado. Estoy demasiado gorda para el verano que se acerca. Quiero ser la mitad de lo que soy. 52 ha marcado. ¡52! Demasiado. 45 estaría bien… Necesito volver al gimnasio con todas mis ganas.

14/03/2008. Relajándome


Ayer no tuve ganas de comentar nada acerca de lo mío. Pues bien, por la noche, después de la clase de Body Combat, antes de irme a la cama, con el pijama puesto y el móvil en un bolsillo, pesé 47 kilos. Había escrito 46, pero es que la mano me va más rápido que la mente y me traiciona. Estaba pensando en que para cuando me vaya puedo pesar 46. Después de todos estos años he visto que era posible. Me siento bien conmigo misma. Sí, hoy todo está saliendo bien. Me encantan las clases de Body Combat. Si pudiera daría clase, no todos los días, pero sí dos o tres veces por semana. Y digo que no todos los días porque también me gusta GAP y spinning, aunque tengo que reconocer que donde más me canso y más sudo es en Combat.
Si todo me saliera como yo quiero y me contrataran para el puesto de trabajo al que he escrito… Trabajar de 7:30 a 15:00 es un privilegio. Yo de mientras intento concentrarme para que me llamen. El poder de la mente. Qué grande si supiera utilizarlo. Correctamente, digo. Porque creo que cualquier cosa es posible si uno se lo propone.


12/03/2008. A jugar

…te lleva, te trae, te atrapa, te deja ir. Te ilusiona, te ampara, te ilumina, te destruye. Estoy preparada para jugar; que empiece la partida. Abzurdah.
Me encanta, muy descriptivo. Me lo he apropiado, lo he hecho mío porque lo siento mío. Cuando flaqueo leo el libro y me alienta. ¿Por qué me da ánimos esta historia? Quiero conseguir aquello que ella consiguió, me encanta su fuerza de voluntad, su decisión a la hora de sus elecciones. No tengo muy claro porqué pero me recuerda lo que quiero conseguir. Estoy por comprarlo y llevarlo siempre conmigo.Ayer me pasé con las chuches que trajeron a la oficina. Lo compensé con 3 horas de gimnasio, aunque sé que no es suficiente. Además cené. Por un día… no, no debí haberlo hecho, así que no me voy a justificar porque no tengo justificación. No merecería ni desayunar. ¿Quieres volver a lo que eras antes? No, ni de coña. Lo que queda de semana lo recordaré porque no me merezco ningún premio. No. A ver Holanda…


07/03/2008. ¿me gusta lo que veo?

Tengo que decir que no sé muy bien dónde han quedado los 47 del sábado pasado. No es que haya engordado, sólo que estoy pensando que el sábado vi mal la rayita que marca el peso. Mi báscula es de las antiguas, no es digital y si además a eso le sumas mi miopía pues eso da lugar a equívocos. Pero yo llevaba las gafas puestas. No, estoy segura de que marcaba 47. Es que las veces que me he vuelto a pesar siempre ha puesto 48. Bueno, pues mi meta de 45 para cuando me vaya a Holanda va a ser un poco jodida de alcanzar. No porque sea imposible bajar 3 kilos en una semana, sino porque se notaría demasiado en tan poco tiempo y no quiero eso. A ver allí. Tendré que controlarme porque no quiero venir ni con 100 gramos más y cuando estoy de vacaciones soy de lo más inestable en cuanto a comidas se refiere. Hoy me he aguantado las ganas de tomarme una palmera de chocolate. Sólo con mirarme un momento en el espejo. He ido al baño, me he parado un momento y me he mirado en el espejo. Me ha gustado lo que he visto. Entre mis muslos hoy una separación de algo más de 2 centímetros. Nunca había estado así sin que yo hiciera fuerza hacia fuera con mis muslos. Así que no he querido joderla. No quiero engordar nada. ¿Contradictorio? Pues no para mí. Si me hubiera visto mal, fea y gorda es cuando me habría empapuzado. Fijo. Cuando me deprimo como, cuando estoy asqueada como, cuando estoy bien no. Me puedo pasar un montón de días sin comer. Sólo desayuno y no siempre, los fines de semana sólo un té o un café. En estos momentos mi estómago me pide comida. Me gusta sentirme así. ¿Me gusta sentir hambre? Sí, creo que sí. Qué pena que hoy tenga una comida con la gente de la empresa. Hoy no me apetece comer. ¿Ves? Se me ‘obliga’ a comer en estos casos que yo no lo habría hecho, por lo que después tendré que enmendarlo. Sin problema.

04/03/2008. Dia de perros



Ayer fue un mal día. Horroroso, diría yo. Me puse como el Kiko. Y pude remediarlo, pero no quise. Necesitaba vaciarme. Literalmente. Y para eso, antes, necesitaba llenarme. Después me quedé baldada, hecha un trapo. Me tiré en el sofá y cuando me estaba quedando dormida me fui a la cama. Vaya mierda de lunes. Hoy no voy mucho mejor. Es un día en el que me habría quedado en la cama durante todo el día, debajo de las sábanas y sin moverme, como si no existiera. Sigo necesitando estar sola, escapar.
Soy contradictoria. Ayer estaba totalmente deprimida. Me daba asco, quería desaparecer, no existir, anularme. Hoy cuando he salido de casa, con el día de perros que hace, lo primero que he pensado ha sido ‘me gustan los días grises con nubarrones’. Y es verdad. Me encantan. Las tormentas, el granizo, rayos y truenos. Estoy mejor. Tengo cambios repentinos de humor, de estado de ánimo, pero lejos de parecerme un defecto, me gusta. Me repongo igual de rápido que me deprimo, así que lo veo como una fortaleza, no como una debilidad. Soy cambiante y, así, cambio de opinión igual de rápido que de humor.


01/03/2008. Cambios de humor en un día.

No estaba muy animada, la verdad, pero ahora estoy más contenta. Me explico. Ayer mi madre me dijo que estaba horrorosa, que llevaba un pelo de asco, que parecía de plástico como el de una Nancy. Mi reacción: deprimirme. Me lavé la cabeza, me cogí una coleta y me pinté un poco a ver si así me veía mejor. El resultado no fue lo que yo esperaba, pero me dio lo mismo.Hoy llevo un moño que, por cierto, me ha quedado muy bien. No me veo tan mal como ayer y, además, cuando me he pesado a la hora de comer he visto que he bajado un kilo. Sí, así que tengo una razón para estar contenta, ir de compras y mirar esos vaqueros que me hacen falta porque los que tengo me quedan grandes. Estoy en el tren, camino de ir de tiendas a comprarme esos vaqueros que quiero. Os cuento, chao.


28/02/2008. Rosquillas

La estás jodiendo. Así la estás jodiendo. ¿Cuántas rosquillas te has comido? Por favor, qué poca fuerza de voluntad. Débil, eres débil, admítelo. Cuando hay cosas ricas de por medio… ¡No! Ha sido un momento de debilidad, pero no quiere decir que sea débil. Soy fuerte. Siempre lo he sido y puedo con esto. No me hacen falta las rosquillas, ni las tortillas de patata, ni las pizzas. No me hacen falta, no las quiero. Calma, párate y piensa en lo que quieres. Calma…

26/02/2008. Quiero estar sola.

¡Dejadme en paz! ¿Por qué no puedo hacer lo que yo quiera? Haz esto, deja lo otro, no comas de esto, ya vale de comer aquello, vete allí, quédate aquí… ¡Ayyy! Dejadme en paz, por favor. Me agobio. Notad que no digo ‘me agobiáis’ o ‘me agobian’, digo ‘me agobio’. Sí, por lo menos reconozco que la causante del agobio soy yo. Estoy irascible, sensible. Necesito estar sola.
Llevo dos días notando una presión bastante fuerte en la parte derecha de la cara, desde la nariz a la sien. Noto como si una vena quisiera reventar, como si sangrar por la nariz me fuera a ayudar. Son unos segundos de una sensación extraña de presión y luego se me pasa.
Hoy a medio día me voy a tomar algo por ahí. Mejor, porque así me evado un poco y me da el aire, además de tener un rato para estar sola y fuera del curro.

25/02/2008. Nuevas medidas.


En menos de dos meses he pasado de tener 57cm. de contorno de muslo, 65,5 de cintura y 92 de cadera a 52 de muslo, 62 de cintura y 86 de cadera. Pienso que no está mal. Siempre me ha preocupado más lo que abulto y mis medidas que el peso. En casa nunca hemos tenido báscula hasta hace cosa de dos años o así que la compró mi madre por no se qué cosa.
El fin de semana me pasé un poquito. Bueno, el domingo. Cuento domingo desde el sábado a la hora de la cena. De todas formas tampoco estoy muy preocupada por ello, ya que ayer cuando llegué a casa, después de haber comido todo lo que comí (prefiero no entrar en detalles esta vez) me pesé y no hubo diferencia con lo del viernes. Así que está bien.
Gente ya ha empezado a preguntarme si he bajado de peso.

21/02/2008. YO decido

Confirmado: placas, anginas. He pensado ‘qué irónico: el comer me duele’. No puedo evitar sonreirme. En casa han empezado a darme la lata con que estoy en los huesos. Pues no lo creo. Les he dicho que peso dos kilos más de lo que realmente peso y me han contestado que eso les da igual que estaba mucho más guapa antes con la cara más redonda. Puede que sea cierto, pero YO elijo, YO decido, YO y sólo YO. ¡BASTA! Además no creo que lo sea (cierto digo). Estoy bien así, me encuentro bien y tampoco veo tanta diferencia. La gente que hace tiempo que no me ve tampoco nota tanta diferencia. Y yo quiero estar así. Me gustaría no tener que ver a mis padres cada día, quiero estar sola, vivir sola, a mi aire, my way que diría Sinatra. No quiero que me controlen, no necesito control ajeno, soy autosuficiente, independiente y resuelta. No necesito a nadie, no quiero consejos, ya veo que he adelgazado y me gusta. ¿A ti no? Pues a mí sí. Y pienso seguir haciéndolo. Un poco más. Sólo tres más. Más no. Poco a poco para que no se note tanto...

Me apetecería estar en la calle, dar una vuelta, sentir el sol en mi cara. Es febrero y hace bueno. La temperatura es cálida y el cielo está completamente azul. Quiero perderme por la ciudad, tomar un café en un parque, observar la gente que pasa, no hacer nada. Aquí tampoco hago nada pero estoy encerrada y, prácticamente, no me puedo mover. No me relaciono con nadie, estoy sola, hay gente a mí alrededor pero estoy sola. Quiero salir de aquí, necesito salir de aquí. Un cambio de aires. Pero aguanto, porque no tengo más remedio, porque es lo más cómodo, tanto da.
Me gustaría estar en el gimnasio, cansarme, no pensar en nada, evadirme, terminar hecha un trapo, ducharme, tirarme sola en el sofá, chof, relajarme, dejar de estar, dejar de ser, dejar de pensar.
Mierda. Ha surgido algo (no viene a cuento explicarlo aquí porque no me atañe a mí) y no puedo ir al gimnasio. Todo lo que ponía en el párrafo anterior tendrá que esperar... Mierda. Mierda. Mierda.

20/02/2008. Metas y dolor de estómago


Me duele el estómago. Tengo un ardor y una acidez horrorosa. A primera hora de la mañana he apuntado lo que cené ayer y verlo en papel asusta. Dicho no parecía nada, quiero decir tanto (no se por qué he escrito ‘nada’...). Mira: un sándwich con jamón y queso y un huevo frito, cinco rodajas de chorizo con pan, una loncha de queso de oveja, 6 langostinos con una cucharada de mayonesa, un café con leche con un alfajor y un trozo de quesada. ¡Dios! ¡Eso es lo que debería de comer en una semana entera! No me extraña que mi estómago se resienta. Pensaba que al llegar a casa iba a poder deshacerme de todo, pero para mi sorpresa, mi madre estaba en casa y no pude, así que todo pa’ mí. Me siento fatal y hoy no puedo ir al gimnasio. Mañana haré doble jornada. No me merezco la cena del sábado, pero no me queda más remedio que ir... si se cancelara...
He estado pensando, haciendo cálculos y quiero 45 para cuando me vaya a Holanda. 3 semanas por delante.
Ayer por la tarde en el gimnasio se me iba la olla. Hasta el profesor se dio cuenta y mientras estaba haciendo abdominales en la segunda clase, se me acercó y me preguntó varias veces a ver qué me pasaba que me veía abstraída. ¿Qué me pasaba? Pues estaba divagando, hablando conmigo misma. Tengo una vocecilla en mi cabeza que me dice que así está bien, que es suficiente, que cene y no vomite. Pero no está bien, yo lo se. Con casi 10 centímetros menos, descalza, no lo está. Mis muslos siguen desproporcionados. Si sólo pudiera bajar de ahí... pero no puedo. 45 estaría bien. Quiero que llegue mayo, hacerme yo cargo de todo y, entonces, no habrá problema. Me duele la garganta. Me despierto en mitad de la noche porque me da tos, me levanto con la garganta irritada y con mocos. No pasa nada, no es para tanto. Tengo anginas, como siempre.

14/02/2008. Escapismo a la hora de comer

Esta semana no he comido en la oficina ningún día (hasta hoy). A la hora de comer me he ido a que me de el aire y tomar un té con leche. Mucho mejor que cuando me quedo porque está haciendo buenísimo, me da el aire y no como, por lo que tampoco tengo que salir corriendo al baño después cuando no hay nadie. No me he pesado todavía por lo que no se cómo lo llevo. Hoy me tengo que quedar aquí a comer. Macarrones. Tampoco es plan de levantar sospechas. Haré lo de siempre y listo. Qué asco. Sólo pensarlo... pero no me queda más remedio.
Hoy he soñado que mi novio me dejaba por una chica estupendísima. No penséis que me la he inventado porque existe. Es de Canarias y la conocí en un viaje que hice allí. En fin, ¿hasta en sueños no tengo yo el control sobre nada?

11/02/2008. ¡Aaagg! Recuperando 2 kilos

¿Cómo es posible engordar 2 kilos en 5 días? Pues muy fácil: come todo lo que te de la gana y guárdatelo para ti. Nada de deshacerte de ello... además no te prives de nada: hamburguesa, patatas fritas, palmeras de chocolate, bollos de mantequilla, cena en el chino, pan con queso y chorizo, sobaos para el desayuno.... No tiene mucho misterio de dónde vienen esos 2 kilos. Así que ahora me toca ‘hacer penitencia’. Me he propuesto que para el sábado (hoy es lunes) tengo que estar en 47: los dos que he cogido (y no debía) más otro de regalo. Porque no me he portado bien, no he podido con mi ansiedad, no me he controlado. ¿Cómo he podido perder así el control? Es lo único que tengo y a veces lo pierdo. Esta semana no merezco comer. Con el desayuno es suficiente. Si acaso tés y algún yogur.

05/02/2008. A disgusto en el curro

Ha pasado un mes. 1 kilo menos. En casa no hacen nada más que decirme que me estoy quedando muy flaca. A mí me gusta y no me veo tan flaca. Ni siquiera la cara que es lo que, parece, más la preocupa a mi madre. Pues a mí, sinceramente, me preocupa más mi culo. 1 kilo en un mes no me parece ningún logro, la verdad. Tampoco quiero que se me note de repente una burrada, así que supongo que a este ritmo no voy mal del todo.
La semana pasada lo pasé fatal. Tuve una ansiedad increíble y eso derivó en tardes de casa y atracones que me podría haber ahorrado, la verdad. Claro que hice lo que tenía que hacer. De todas formas aun ahora, cuando pienso en la semana pasada me siento culpable. Cuando me acuerdo me doy asco. Esta semana estoy mucho mejor; es decir, más animada, más alegre y con más ganas de hacer de todo cuando salgo de currar. En el curro sigo estando pegada a la silla, atada, presa, pero he decidido tomármelo con filosofía y pasar de alrededor. Creo que así me irá mucho mejor. Esta gente no merece la pena. No puedo dejar que me amarguen la existencia y que mi humor dependa de ellos. Yo soy dueña de mis actos, mi humor, mi cuerpo. Eso es lo que me tengo que recordar. Esta mañana me han pillado con un power point abierto. Me da lo mismo. He dado los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja, más por el power point que por simpatía por la persona que había llegado, y me he quedado de lo más tranquila. Supongo que si me vuelven a ver me volverán a llamar la atención. Pero ya no me afecta. No voy a decir que no me importe porque se trata de mi trabajo y no quiero tener problemas. Mi lema: ignorar, hacerme inmune.

31/01/2008. Soledad


Sola. Llevo toda la semana sola. Estoy en una cafetería tomando un té con limón. Sola. Con lo de comer fuera de la oficina creo que me he pasado un poco. No he podido sacar todo lo que había comido. De eso me he dado cuenta. Luego gominolas: cuatro o cinco. El azúcar no me viene mal para el gimnasio. La semana pasada casi desfallezco. Me duele el muslo derecho. Noto como si tuviera agujetas pero es imposible porque esta semana he hecho más bien poco esfuerzo. Esta noche voy a cenar a casa de mi novio. ¿Es que no me van a dejar comer, cenar, desayunar lo que me de la gana? Todo son compromisos ¿cómo decir que no? Yo lo intento. Si la gente no estuviera tan obsesionada con los actos sociales en los que hay que comer... ¿no se puede hacer un acto social sin comida? Ir a tomar algo y ya está. Quien quiera algo de comer que lo compre y si no, pues nada. Me he comido otra gominola en el tren y estoy pensando en ella. Todavía tengo ese sabor dulce del azúcar que lleva. Tengo otra en el bolsillo. No, no la quiero. Me gustaría no quererla... no me la voy a comer. Me gustaría no tener que comer esta noche en casa de mi novio. Pero no soy fuerte; en cuanto me ponen cosas ricas delante de las narices no soy capaz de estarme quietecita. Ya lo arreglaré luego. Eso es lo que pienso antes de empezar, durante y, por supuesto, después.

30/01/2008. Recuperando el norte

¡He vuelto! Aunque he hecho pira al gimnasio hoy lo he llevado mucho mejor que estos días anteriores. No he tenido la ansiedad de días pasados, por lo que creo que no volveré a tener problemas hasta dentro de otras dos semanas... De todas formas vuelvo a verme bastante mal. No me gusto. No se, es un poco todo. Supongo que si hiciera mejor tiempo... pero estamos todavía en enero (febrero casi).El viernes he quedado con estas. Veré a Ana. Verla me anima. Quiero decir que me da ánimos. No me refería a que me pusiera contenta. Me recuerda lo que quiero, aunque también lo lejos que estoy de conseguirlo. Aun así creo que si la viera más a menudo no caería tanto en la tentación. Tener a alguien tan cerca para ver y tocar, creo que es mucho más efectivo que las fotos de revistas y demás. ¡Tengo las manos horrorosas! Todas las uñas rotas. Me gusta verme las manos bien. Si en un mes sigo así me voy a hacer la manicura.

29/01/2008. Perdiendo el norte

Lo tenía. Casi lo tenía. Llevaba dos semanas portándome bien. Se notaba. Vaya si se notaba. Esta semana no lo estoy llevando tan bien. La diferencia de lo que conseguí a ahora es de kilo y medio. A partir de mañana vuelvo a la rutina. La verdad es que no lo he llevado mal hasta esta semana. Necesito algo que me de ánimo... más ánimo, quiero decir.

04/01/2008. Cambio de sitio

Peso 50 kilos. Podría estar mejor, la verdad. Además como en el curro no estoy a gusto en el sitio que me han puesto pues estoy de lo más triste y cuando estoy triste se me nota en la cara. En estos días es cuando mi madre me suele decir que tengo mala cara, que se me está quedando cara cuis o cosas por el estilo. En fin, ya me iré acostumbrando.

31/12/2007. Una semana de vacaciones

Esta semana no curro. He decidido hacerme un tratamiento adelgazante. Ya os iré contando los resultados. Bueno, en general os iré contando los resultados de todo lo que estoy haciendo para conseguir mi meta. Esta vez estoy mucho más mentalizada.
Es un asco de época. Comidas, cenas, más comidas, más cenas, copas... visitas continuas al baño... si no tuviera tantos compromisos tendría que ir mucho menos. Pienso en ellos y me da asco, pero es lo que tengo que hacer.

28/12/2007. Mediciones

Esta vez lo voy a conseguir. Creo que ya basta de verme mal. ¿Por qué me tengo que ver mal cuando podría hacer que me viera bien? Estoy pensando en mis 57 kg que traje después del verano. No me valían más que 2 vaqueros y porque son elásticos. El resto en el armario. Iba totalmente embutida. Como una morcilla. Y el caso es que la gente no me notaba que había engordado ¡¡¡7 kilos!!! Y yo pienso... me verán siempre así de gorda aunque normalmente pese 50? Pienso que la respuesta es SI.Hoy me he medido: muslos, cintura y cadera. Tengo de muslo lo que debería tener en la cintura... me doy ¿asco?, ¿pena? Qué más da. 51 kilos.

Lo prometido es deuda

Desde ayer he estado pensando cómo incluir todas las entradas que tengo desde 2007 sin aburrir a nadie y lo veo difícil. Me explico: el caso es que se trata de 51 páginas en Word, por lo que añadirlas una detrás de otra me parece un poco pesado. Iré añadiendo algunos posts por día.
Hoy hasta febrero de 2008. Puf! hace ya más de un año!!

lunes, 30 de marzo de 2009

Un nuevo intento


Este va a ser mi segundo intento de llevar un blog. No sé muy bien por qué siempre termino por cansarme de todo y, aunque empiezo con todas las ganas e ilusión del mundo, voy abandonando lo que emprendo. Esta vez intentaré que no sea así.


Debería presentarme, así que aquí os dejo un pedacito de mi historia para poneros en antecedentes:
Comencemos por el principio: lo oculto sale a la luz.
Siempre me gustó escribir. Recuerdo mi primer diario que todavía conservo en una bolsa de papel negra junto con un montón de cartas que escribía a mis amigas en las horas de clase aburridas de la época del colegio. Es una manera de entretenerme, pasar ratos aburridos, expresarme, desahogarme, un hobby, un escape, una ayuda. Nunca he escrito lo que realmente me habría gustado por miedo a qué dirán. Más que a qué dirán, tenía miedo de que en algún momento alguien pudiera leer lo que había escrito; todavía recuerdo el día en que un chico del que yo había escrito que estaba muy bueno en una carta que, evidentemente, no iba dirigida a él, la leyó. Yo tenía 11 años y, en ese momento, me quise morir. Pero eso es otra historia y ahora no quiero entretenerme con esa historia. En mis escritos personales hay códigos que sólo comprendiendo ciertos aspectos de mi vida son entendibles. Podría decirse que están, de alguna manera, codificados. Yo los entiendo y quiero que ahora también otros podáis entenderlos. Poco a poco iré explicando lo referente a esa parte ‘oculta’ de mi vida necesaria para entender lo que voy a contar.
Llevo desde los trece años con dos amigas, diré mejor compañeras, que me han acompañado en diferentes etapas de manera más o menos intensa, pero que siempre han estado ahí. Yo en ningún momento me he olvidado de ellas aunque a veces las haya ignorado, las haya dejado a un lado, no de mi vida, pero sí de ese momento, de esa etapa. Se llaman Ana y Mía. No sólo yo las conozco, muchas otras las conocen, las acompañan también a ellas o las han acompañado en algún momento.
No soy ninguna niña. Llevo más de diez años viviendo de esta manera y cuando digo más de diez años, entiéndase que no son once. No intento que nadie me imite, no estoy aquí para ser ningún ejemplo a seguir (nunca me he considerado un ejemplo a seguir por nada) ni quiero que nadie me intente convencer de que lo que yo he denominado compañeras no lo son porque yo lo siento así. Es una opción, una decisión que tomé y que hoy en día no quiero dejar. Sólo quiero que alguien me entienda: sentirme comprendida aunque sea un poco. Que alguien me escuche aunque no me llegue a entender. Quiero añadir que en todos estos años nadie de mi entorno ha siquiera sospechado. Bueno, sí. Una vez. Pero ya lo contaré a su debido tiempo. Desde aquel día, tuve más cuidado. Eso es todo. Y hasta hoy.

Muchas veces he pensado en los comienzos. Creo que no es cosa sólo de los años reconocidos. Vale que comencé, lo que se dice en toda regla (supongo que sabréis a qué me refiero), a los trece, pero me acuerdo perfectamente de una escena que quedaría grabada en mi cerebro como si hubiera pasado ayer en lugar de hace tantísimos años. En el colegio, desde pequeñita, yo pertenecía al grupo de chicas ‘líderes’. Supongo que ya sabéis a lo que me refiero con lo de grupo de chicas líderes. Creo que en todos los colegios hay un grupo de chicas/os que tienen más éxito que los demás, porque son populares, están considerados como los guapos, generalmente, obtienen buenas calificaciones sin ser bichos raros y, representan lo que los demás de la clase quieren llegar a ser. Nunca he tenido claro cómo pude formar parte de ese selecto grupo, pero así era. Con ellas me sentía cohibida e inferior. Ellas, tan guapas, tan delgadas y decididas. Yo, que con la gente con la que habitualmente solía salir era una niña extravertida y alegre, con ellas me volvía introvertida, vergonzosa y sumisa. Prácticamente me pasaba las horas del recreo callada, escuchando lo que a mí me parecían las más maravillosas ideas del mundo, admirando a las que por aquel entonces eran mis mejores amigas del cole. Un día en la hora del recreo una de ellas preguntó a las demás “¿pensáis que estáis gordas?”. ¡Ja! éramos unas niñas. En serio: niñas con todas sus letras, no teníamos ni 8 años. Por aquel entonces éramos seis las integrantes de tan selecto grupito. Una de mis admiradas amigas, creo que la más admirada, guapa, rubia, ojos verdes, alta y delgada, delgadísima, sin duda alguna contestó “yo sí.”. A lo que las demás también contestaron “y yo”. Todas menos otra chica y yo. Primero me preguntaron a mí: “¿y tú? “. ¡Qué iba a contestar yo! Yo, sin personalidad propia cuando me encontraba con ellas. ¿Qué creéis que contesté? Un rotundo “pues claro”. La verdad es que hasta ese momento nunca me había planteado si me veía y sentía gorda o no. Creo que me consideraba, digamos, normal. Le llegó el turno a la que quedaba. Ella era la más delgada de todas. La verdad es que siempre ha estado así y, hoy en día sigue igual. Tampoco se lo pensó mucho a la hora de contestar. Simplemente dijo “no, yo no estoy gorda”. Me quedé mirándola un momento pensando que tenía toda la razón: ella no estaba gorda en absoluto. Lo raro hubiese sido que habría contestado que sí, al igual que habían hecho las demás. La verdad es que ninguna de las que estábamos allí teníamos ningún problema de sobrepeso, en absoluto. A su respuesta negativa encontró la respuesta “pues eso es de chulas”. En ese momento me quedé con la copla y cuando llegué a casa me puse a reflexionar sobre el tema. Yo podía ser de todo pero no chula. Por lo tanto, con la lógica que puede tener una niña, me puse delante de un espejo y pensé que, entonces, sí que debía sentirme gorda. Y más, si mi idolatrada compañera de clase que estaba bastante más delgada que yo se consideraba gorda, ¿cómo narices iba a estar yo delgada? Imposible. Así que, desde ese momento en adelante, me resigné a ser gorda. Por aquel entonces eso tampoco se convirtió en una obsesión para mí, desde entonces yo sería para mis ojos una niña gorda pero nada más. Algunos años más tarde lo recordaría y pensaría en la razón que tenía para sentirme, esta vez sí, gorda. Con todo su sentido literal.
Tuve una infancia normal, estudié en un colegio de pago, hacia deporte, baile, solfeo, piano y hasta guitarra. Era una buena estudiante, deportista, bailarina, pianista, música. Buena en todo y excelente en nada. Ese es el lema de mi vida. Una frase que he escuchado a mi madre más de una vez. “¿ves?, si te esforzaras un poco más en lugar de notables sacarías sobresaliente”. La chica notable. Esa era yo. Nunca sobresaliente. Pues a mí me bastaba con los notables que no me costaban nada y me dejaban tiempo para todo lo demás. Siempre me ha gustado estar ocupada y tener cosas por hacer. Cuando tenía tiempo libre me inventaba cosas que hacer como deberes, ya que no soportaba estar sin hacer nada o aburrirme. Sí, habéis oído bien, me ponía deberes cuando no los tenía. Me divertían las matemáticas y me divertía leer, así que eso hacía (además de jugar con muñecas, con algún que otro juego y demás, claro está). Soy hija única y, puedo asegurar que, nunca me he aburrido. Hoy en día pienso que era una niña con recursos. Siempre rodeada de gente, amigos, los chicos y chicas del barrio. Nunca estaba sola si yo no lo había buscado. Supongo que lo que supuso un gran cambio para mí fue la transición de los nueve a los diez años. Por aquel entonces yo pasaba las tardes y fines de semana en la calle con mi gente jugando a lo que surgiera. Durante ese año mi cuerpo sufrió grandes cambios. Dejé de ser una niña y, lo que es peor, dejé de parecer una niña. Pronto, ¿verdad?. Crecí cerca de diez centímetros, engordé (no puedo decir cuanto), pero lo que sí recuerdo es que me salió el pecho y se redondearon mis caderas y mis muslos tomaron un volumen que yo consideraba totalmente anormal. Con diez años me encontré con que yo tenía cuerpo de mujer mientras mis amigas eran tablas de planchar con patitas de araña. Para que os hagáis una idea, tenía el mismo pecho que tengo ahora, media lo mismo que ahora y, creo, pesaba lo mismo también. Bueno, para ser sincera pesaba algo más de lo que peso ahora. Esto lo puedo asegurar porque recuerdo una revisión médica que me hicieron por aquella época en el colegio como si me la habrían hecho ayer. Como consecuencia me volví cheposa para que no se me notara el pecho, compraba los pantalones 2 tallas mayores para disimular mis formas y, por si esto no era suficiente, me ponía el bañador de natación debajo de la ropa para aplastar lo que pudiera notarse. Con ropa holgada y algo encorvada, estoy segura de que parecía aún más bajita y gorda de lo que realmente estaba. Tengo que decir que mido un metro sesenta, bastante poco para una edad adulta, pero suficiente si se tienen diez años. Esa no fue una época fácil para mí. Tengo trauma, sí. Y no me avergüenzo cuando lo digo. Hoy en día sigo comprendiendo al ‘yo’ de aquella época. Acomplejada. No encuentro otra palabra para describirme. Por todo: porque tenía tetas, porque tenía culo, porque tenía cintura, porque mis muslos eran redonditos, porque tenía pelos en las piernas. Recuerdo un verano que un día al mirarme en el espejo vi que a la altura de mi cadera había como un hueco hacia adentro y luego el muslo salía por la parte exterior de la pierna. Que me estaban saliendo cartucheras, vaya. Me veía amorfa. Pues mi maravillosa idea fue frotarme la zona con todas mis ganas con una piedra pómez. Sí, lo que leéis: literalmente me lijé los muslos. Imaginaos mis piernas en la piscina, a la que acudíamos todos los días hiciera el tiempo que hiciera, con las heridas autoprovocadas, con todos los muslos rozados por su cara externa. Parecía que me hubieran arrastrado por una calle asfaltada.
Estuve escondiendo mi cuerpo más o menos hasta los trece. Es en esta época cuando comencé a tener épocas depresivas. Recuerdo que aprendí a cocinar un poco. Lo suficiente para poder hacer postres fáciles. Me gustaba hacerlos y, luego, comérmelos, claro. Las tardes que antes pasaba jugando, ahora me quedaba en casa y cocinaba alguna tarta o pastel. El problema era que luego me lo comía. Una cosa era que me comiera un trozo o dos, pero yo me comía toda la tarta, bizcocho o lo que hiciera, y dejaba un poco (2 trozos) para mis padres. Mi madre se solía enfadar bastante. No porque me comiera el bizcocho, sino porque no les dejaba casi nada. Siempre me tachaba de egoísta. Puede que siempre lo haya sido, pero hoy en día creo que cada uno debe pensar en sí mismo, sacarse las castañas del fuego. Mi reacción, en lugar de ser comer menos de lo que cocinaba, fue hacer dos de lo que hiciera, comerme uno entero y un trozo del segundo y, así, quedaba todo menos un trozo (que yo había comido) para mis padres y para desayunar al día siguiente. Imaginaos comerse una tarta o bizcocho enteros cada dos días. Pues eso fue lo que yo pensé también. Lógicamente, estaba engordando y, para más inri, mi madre estaba más delgada que yo. ¿Dónde se ha visto que tu madre se ponga tus vaqueros y la queden mejor que a ti? Más complejos. Seguía llena de complejos. Un montón de complejos que empezaron a surgir y sumarse a los que ya tenía. Hasta me los inventaba y veía complejos donde no los había (por aquel entonces hasta me dio por decir que tenía los pies grandes cuando hoy en día llevo una talla 35). Acomplejada.
Yo había oído hablar de gente que después de comer lo vomitaba y así, no engordaban; así que ni corta ni perezosa, una de esas tardes después de mi atracón de dulce, me dirigí al baño e introduje mis dedos en la boca hasta que tocaron la campañilla. Se me tapó la nariz, mis ojos lloraban y allí no había manera de echar nada. No podía ser. Yo sabía que se podía hacer. Segundo intento. No se cuántas veces lo intenté. Notaba la garganta totalmente irritada, pero en el momento en que yo pensaba que no iba a ser capaz, un trozo de quesada (ese día había hecho quesada) me subió por el esófago. No llegó a llegar a la boca. Dejé de hacer esfuerzos y lo noté bajar de nuevo por donde había llegado. Ya estaba. Ya lo tenía. Ahora sí que podía sacar la quesada de mi estómago. Y así lo hice. Desde entonces, mis atracones de la tarde no tuvieron más problema: vomitaba el bizcocho y mi egoísmo.
Entre tanto mis amigas, la mayoría mayores que yo, para esa época ya habían desarrollado y echado cuerpo. Aquí comienza otro... no se si llamarlo problema, trauma... complejo. Sí otro complejo. Acomplejada una vez más. Dejé de ser la más alta. Hasta entonces, vale que era la más gorda, pero para mí era medianamente comprensible ya que yo había desarrollado hacía años y ellas no, pero también era alta por lo que quedaba un poco compensado el tema del peso. En cuanto ellas empezaron a desarrollar, resultó que yo me quedé la más baja. Ahora además de la más gorda era la más baja. Me sentía como una bolita. En esta época, parece que mi madre me dejó algo más de libertad para comprar ropa y vestir un poco como me diera la gana, así que para ocultar más mis defectos y esconderme todo lo que podía, a mis pantalones grandes y camisas de cuadros de mi padre añadí un montón de ropa negra. Siempre vestía de colores oscuros y, a poder ser de negro. Añado que esto lo he alargado hasta los días de hoy. Me encanta el negro, no lo puedo evitar. Ya no lo hago tanto por esconderme. Simplemente me gusta, me agrada ver el contraste de mi piel blanca con el negro de la ropa y mi pelo. Pero volvamos a mi pre-adolescencia que me estoy yendo por las ramas. ¿Dónde estaba? ¡Ah, si! Mis amigas habían crecido y yo no, estaba como a los 10. Cuando había que estar pensando en que me gustaba zutanito o menganito, yo estaba deprimida pensando que el tal zutanito andaba detrás de alguna amiga mía que era mucho más alta, delgada y rubia que yo. Sí, además de sentirme fatal con mi cuerpo, tengo que añadir que nunca tuve suerte con los chicos. Todos los que me gustaban me consideraban la maja del grupo y venían a contarme que les gustaba alguna de mis amigas. ¿Os imagináis? Yo era la maja y fea y gorda del grupo. Ese era el cuento de mis fines de semana: sentirme maja, fea y gorda. Tengo que aclarar que algún chico hubo que se fijó en mí, pero los menos. Si tengo que resumir todo lo que en mi adolescencia tuvo repercusión en lo que hoy soy, diría que siempre me quitaban lo que yo quería para mí: la ropa que me quería comprar, en mi opinión, que era la que entonces contaba, les quedaba mejor a mis amigas, a los chicos que a mí me gustaban realmente les gustaba otra de mis amigas (normalmente una de ellas en particular, pero no creo que esto tenga importancia), mi madre no me dejaba salir tanto como a las demás. En fin que no tenía opción de hacer libremente nada de lo que yo realmente quería. Para rematar mi autoestima, me salieron un montón de granos en la cara. Éstos me acompañarían hasta los diecisiete años. ¿Qué podía controlar yo? La naturaleza había decidido que no midiera más de 1,60 y que tuviera granos a la edad del pavo y algún año más; mi madre decidía mi horario de salidas y entradas a casa, mis notas debían de ser como mínimos de notable, y los chicos pasaban bastante de mí si no era para ser mis amigos, así que me centré en lo que quedaba que yo podía controlar. Intenté hacer desaparecer los granitos con no mucho éxito, pero de mientras, me propuse adelgazar. Alguna de mis amigas, de vez en cuando se ponían a dieta. Bueno, no tan de vez en cuando porque sé de una que se pasaba el día comiendo chicles de happydent para quitar el hambre y no de tanto en tanto. Yo no iba a hacer ninguna dieta o, por lo menos, no iba a dejar que la gente supiera que la hacía. Empecé a vomitar lo que me daban de comer en el colegio cuando yo consideraba que había comido demasiado o cuando tenía algún momento de depresión de los míos. Por las tardes, seguía dándome atracones. Bajaba al supermercado que tenía debajo de casa y compraba toda clase de dulces (soy una golosa): tabletas de chocolate, bollería, galletas, bollitos. En casa lo mezclaba con leche para luego poder vomitarlo más fácilmente y engullía todo en tiempo record mientras veía alguna serie de dibujos Manga.
Había meses en los que me sentía de otra manera (no voy a decir mejor porque no es verdad) y ya sea por asco, pereza o dejadez no vomitaba. Creo que el último año de instituto fue la época que más tiempo estuve sin hacer mis visitas al baño. Tengo que aclarar que tampoco me pegaba los atracones de antes. Aún llevando una vida que los que no viven esto llamarían normal, mi cabeza iba por libre y contaba calorías, pensaba en el deporte que tenía que hacer para mantenerme, etc. Este año teníamos que escoger lo que queríamos estudiar. De esta decisión dependía lo que en un futuro iba a ser nuestro medio de vida. Yo no tenía las cosas nada claras. Siempre he sido de ciencias puras. Me gustaba el dibujo, pero tampoco hacía ascos a la biología. Finalmente me decanté por dibujo, así que yo decidí estudiar ingeniería. Hoy en día no se si hice bien. No estudié la rama de la ingeniería que me habría gustado, pero no me fue mal. De nuevo dejé que otros decidieran por mí. Tampoco esta vez iba a ser yo la que decidía. La época de universidad fue de lo más movidita en cuanto al tema que quiero tratar en esta historia. En el primer año fue cuando una de mis amigas se dio cuenta de lo que me estaba pasando. No me sorprendió tampoco demasiado puesto que vomité delante de ella. Pero voy a empezar por el principio. Mi primer día de universidad.
Cuando llegué a la universidad, tenía bastante más peso del que normalmente solía tener. Todo el último curso de colegio íbamos a comer a la escuela de hostelería y eso se nota si se está acostumbrado a comer casi nada de lo que te ponían en el comedor del colegio. Durante todo el verano en mi cabeza rondaba la idea de que como empezaba una etapa nueva, una experiencia nueva, con eso de tener que ir a la uni, no pasaba nada porque bajara algo más de lo normal de peso. La gente pensaría que se trataba del cambio, el stress provocado por la nueva metodología de estudio. Y así fue. De mis 55 kg iniciales me quedé en 46 en cosa de 5 meses. Me apunté al gimnasio y sólo me permitía comer en exceso en el desayuno, y aún así, cuando llegaba a clase hacía mi visita diaria al cuarto de baño (desayunaba un paquete entero de galletas maría con margarina). Yo tampoco me notaba que adelgazase de forma tan notoria, pero pronto la gente que me conocía de siempre me empezó a parar por la calle y preguntarme si me encontraba bien. Mi respuesta era automática: “si claro, estupendamente, supongo que será por el stress de la uni”. Y ya está. Se quedaban contentos. Este año, la verdad, fue algo loco. En cuanto hice mi grupo se me veía bastante poco por clase. Mis días de estudio y clase los pasaba en una cafetería cercana a la universidad con mis nuevos amigos. Las fiestas universitarias y quedadas se sucedían los fines de semana y cuando no las había, salía de fiesta con mis amigas de siempre. Los fines de semana empecé a beber en exceso. Hoy en día lo pienso y me parece una locura. Ahora casi no pruebo el alcohol. Aquellos fines de semana terminaba totalmente deshidratada. Ingería cantidades bastante increíbles de alcohol. Tumbaba a muchos de los chicos que se reían cuando les decía que bebía muchísimo. Al final terminaban bastante en peor estado que yo. Claro que lo que no sabían, era que en mis repetidas visitas a baño, yo iba vaciando lo que entraba en mi estómago. Al principio de la noche para ‘bajar’ la cena y luego porque me encontraba fatal. Esto duró otros 2 años. Durante ese tiempo iba de fiesta en fiesta y cuando no la había me la inventaba. En el segundo año de universidad, la mayoría de mis amigos de primero se quedaron repitiendo primero. Yo, la fiestera, cuando había que estudiar era de lo más responsable (seguía saliendo de fiesta en menos medida, pero hiciera lo que hiciera por la noche, al día siguiente a las 7 estaba estudiando) y pasé de curso sin ningún problema. Este curso me encontré de lo más perdida y sola. No es que estuviera sola de verdad, tenía más compañeros de clase, pero me sentía sola. El primer cuatrimestre dejé todas. Miento, aprobé una. Mi madre puso el grito en el cielo. Empezó a sospechar que algo no marchaba bien conmigo. Me notaba triste y distante. Entre tanto, yo había ganado algo de peso y estaba entre los 48 y 50 kg. Tenía un peso totalmente normal. Yo, que estaba totalmente deprimida y triste (mi madre no andaba muy alejada en sus sospechas) me fijaba en una de mis amigas. Siempre he sospechado que a ella la acompaña Ana desde hace mucho tiempo. Siempre ha estado por debajo de lo que la gente denomina un peso saludable y normal para su altura pero esta vez iba a más. Llegó a pesar 42 kilos para su metro sesenta y cinco. Cuando la gente decía que estaba de dar asco, a mí me parecía que estaba estupenda. Siempre me lo ha parecido, la verdad. Esto me deprimía aún más. Ella podía y yo no. Nunca tuve la fuerza de voluntad de restringirme la comida de esa manera durante el tiempo necesario. Siempre terminaba comiéndome todo lo que encontraba a mano (aunque luego terminara nadando en el baño más cercano). Aquello era envidia. Y no sana. Creo que esa clase de envidia no existe. La envidia es envidia y nunca puede ser sana. En fin, que veía mi objetivo en lo que mi amiga tenía, en lo que mi amiga era y yo no. Cuando me pasan estas cosas, en lugar de auto-animarme y decirme “ánimo que si ella puede tú también”, yo me hundía más y más y mis atracones eran mucho más continuos. Cuando me deprimía ahogaba mis lágrimas, mis penas, en comida. Lógicamente mis visitas a cualquier baño que tuviera a mano también eran mucho más constantes. Mi boca casi siempre tenía heridas en los laterales y aunque no estaba excesivamente delgada, mi aspecto en general no era bueno. Tenía cara de cansada y unas ojeras prominentes, seguía emborrachándome los fines de semana y auto-compadeciéndome cada vez que quedaba con ella. Fue entonces cuando en una de las quedadas con mis amigas en casa de una de ellas, me pasó lo que no habría podido imaginar.
Quedábamos en casa de alguna siempre que nuestros padres marchaban de fin de semana para emborracharnos en casa, que salía mucho más barato, y salir ya contentillas de fiesta. Esa noche, desde que llegué estaba pensando en vomitar la cena. Me dirigí al baño pero no me quedé muy convencida de que aquél wc se fuera a tragar mi cena y, lo último que quería era atascar el baño de la casa de una de mis amigas. Así, salí del baño con mi cena todavía en mi estómago y pensé que si bebía lo suficiente para que la mezcla de lo bebido con mi cena hicieran que lo que saliera fuera mucho más líquido, no habría problema en que el wc se tragara aquello. Ni corta ni perezosa me puse hasta el culo de kalimotxo hasta que mi estómago ya no pudo más. Me levanté de la mesa y me dirigía al baño cuando una de las de la mesa me dijo que ella también quería ir al baño y que venía conmigo. Me acordé en los chicos que decían “¿por qué vais las chicas de dos en dos al baño?”. En esos momentos no lo tuve nada claro. Hicimos pis y cuando íbamos a salir, fingí que me sentía mal y la dije que tenía que devolver. Y lo hice. Mi sorpresa fue cuando terminé y me dijo que sabía lo que me pasaba que no pensaba que estuviera borracha y necesitara vomitar por esa razón, que sabía que no aguantaba prácticamente nada de comida dentro de mi estómago por mucho tiempo, que como siguiera así se lo iba a decir a mi madre (imaginaos, ¡a mi madre!). Por aquella época una compañera suya del instituto estaba hospitalizada por anorexia, así que supongo que estaba bastante puesta al día en el tema. Salimos a la terraza. Yo llorando. No quería que las demás notaran nada. Ella no contó nada. Hablamos durante un buen rato. Yo prometí que iba a intentar no hacerlo más y ella que de momento no iba a decírselo a nadie. No volvimos a hablar del tema. Tampoco he dado nunca más ningún indicio para que nadie, ni siquiera ella, sospechara nada más. Fue una época tonta. Supongo que pensará eso. Nada más.

Tengo que aclarar que mi amiga que se había convertido en mi envidiada obsesión por su delgadez y fuerza de voluntad (para dejar de comer), hoy por hoy, sigue igual que hace años. No pesa 42 kg pero tampoco supera los 45 aunque ella se empeñe en decir que sí (hace no mucho me dijo que nunca ha pesado menos de 45 ‘con ropa’ ¡Ja!). Siempre he pensado que ese era mi peso a alcanzar. Sólo conseguí acercarme aquel primer año de universidad. Hasta ahora me he mantenido en 48-52. Excepto en el año 2007 que llegué a los 57 (ya contaré más adelante). ¡Horror! Sólo escribirlo, admitirlo, hacerlo público me doy asco, me dan escalofríos y me entran ganas de salir corriendo al baño aunque no tenga nada en mi estómago. ¡Puaj! Bueno, sigo. Mis días de universidad pasaron más o menos en esa línea. A la mitad de la carrera comencé a salir con un chico. Puedo decir que era mi primer novio formal, ya que en los primeros años de universidad tuve una etapa de lo más promiscua. Comprobé que, en general, las mujeres pueden conseguir a casi cualquier chico que se propongan. Incluso hasta los que yo sabía de antemano que estaban ‘enamorados’ de alguna de mis amigas (aunque a ella no le gustara), yo conseguía que por una noche se olvidaran de ella y terminaran liándose conmigo. Se me dibuja una sonrisilla cada vez que lo recuerdo... me tendríais que ver ahora en el trabajo sonriendo. Bueno, la verdad es que con este chico del que hablo he tenido toda la vida una relación de dependencia de lo más extraña. Me ha encantado toda la vida. No puedo evitarlo. Y estoy hablando en presente porque hoy en día podría decir que aunque cada uno ha rehecho su vida con otra persona, estoy convencida de que entre nosotros sigue habiendo un algo especial. Recuerdos de lo que pudo ser y no fue; algunas veces por él y otras por mí. Nos recordamos con un cariño especial. Soñamos el uno con el otro y, aunque haga mucho tiempo que no nos veamos, pensamos el uno en el otro. A veces con nostalgia de aquellos días locos que vivíamos y otras como amigos que nos comprendemos aunque nos llevemos la contraria. Hoy en día todavía seguimos en contacto y, no puedo evitar que para mí sea alguien especial. A lo que iba: mi primer ‘novio formal’. Este chico tenía una hermana que yo sospechaba tenia algún ED. Por aquel entonces no estaba muy segura, pero años después, cuando ya no salía con este chico se aclararían mis dudas. Es Ana. Yo la oía vomitar cuando no había tenido más remedio que comerse la pizza que habíamos encargado o cuando venía de fiesta y supongo que se había puesto hasta las orejas de beber, entre otras cosas. Coqueteaba también con algunas drogas. Adelgazó precisamente por el consumo de éstas y, después, no quiso volver a recuperar el peso perdido. Aquí imagino más que otra cosa porque después de volver a verla algún año después de dejarlo con su hermano, no he vuelto a verla, pero la última vez que la vi creo que rondaría los 40 kilos (siendo más o menos de mi altura). De hecho me tuvo que llamar ella porque yo no la reconocí. Aquellas noches me moría de envidia porque yo no podía hacer lo mismo sin despertar al que dormía a mi lado. Esas noches me quedaba dormida llorando por la impotencia.
Desde entonces, he seguido prácticamente igual. Aprovecho siempre los cambios (de trabajo, viajes, vueltas de viajes, de casa) para no levantar sospechas. Nadie me ha dicho ni ha notado nada hasta este último año. La gente siempre me ha percibido mucho más delgada de lo que realmente soy. “Qué pequeñita eres” es una frase que escucho en muchas ocasiones pero yo se que no es cierto. Por lo menos no hasta ahora. ¿Por qué la gente tiende a hacerse ideas equivocadas y se deja engañar por la primera impresión? Y no me refiero a juzgar a la gente. Aquí no me ocupa ese tema. Me refiero a que si alguien ve a una chica que tiene la cara flaca, se hace a la idea de que está delgada aunque tenga un culo del tamaño de una plaza de toros. O, por el contrario, si una persona tiene la cara redondeada, aunque esté esquelética (véase el caso de mi amiga que mi madre dice que está guapa cuando tiene repetidas discusiones conmigo porque dice que yo estoy flaca y he abultado exactamente el doble que ella), no se la percibe así y se la puede llegar a ver delgada, normal. Yo lo he visto, lo he vivido. ¿No os ha pasado nunca? De hecho yo, aunque doy la impresión de ser más delgada y más bajita (horror), soy bastante redondita... y no tan bajita (creo). Puedo reconocer que ahora sí que estoy bastante pequeñita pero hasta ahora, aunque daba esa impresión no lo estaba. Véase el ejemplo del verano de 2007; como ya os comentaba, llegué a los 57 kg. Casi sin darme cuenta.
Dejé el gimnasio (llevo yendo al gimnasio desde hace 7 años) allá por abril porque empezaba a hacer buen tiempo y después del trabajo me gustaba estar en la calle, la playa o cualquier sitio al aire libre, entre otras cosas, porque el año pasado me cambiaron de monitores y no me motivaba nada ir. Supongo que fui cogiendo peso poco a poco porque tampoco era muy consciente. En julio me hicieron la revisión médica de todos los años y ¡sorpresa! 54 kg. No voy a ser hipócrita y decir que no lo notaba porque los pantalones me oprimían considerablemente, pero me ponía un vestido corto encima y tapaba casi hasta las rodillas, así que, supongo, no quería ser demasiado consciente de mi culo gordo. En vacaciones tampoco hice nada para remediarlo. Por pereza, asco, dejadez, qué más da. El caso es que yo evitaba mirarme más de lo necesario en los espejos, entiéndase que sólo me miraba la cara. Con los pantalones de verano que siempre llevo bastante anchos me daba todo un poco igual. Dejó de darme igual cuando volví al curro a finales de agosto, tuve que volver a ponerme pantalones largos y no me ataban. Empecé a sacar todos los pantalones que había en el armario a ver si es que eran sólo los que me había probado los que no me valían. Pues no. Eran todos. Hasta aquí habíamos llegado. Hay una foto de las que sacamos en agosto de vacaciones que es como para deshacerse de ella o, mejor pensado, para imprimirla y así, cuando esté en horas bajas sacarla y recordarme lo que no quiero ser, volver a ser. Es horrorosa, salgo yo, en biquini, de medio perfil. ¡Estoy gordísima! Y no son imaginaciones mías, hasta mi madre me dijo que en esa foto estaba gorda. ¡Dios! ¿Cómo he podido llegar a eso? Doy asco, verdaderas nauseas, ¡Puaj! ¿Sabéis la cerdita Peggy? Pues estoy parecida. Como un cerdo grasiento, gordo, obeso.
Así que a la vuelta de las vacaciones, fui a apuntarme al gimnasio. Estuve visitando unos cuantos hasta que me decidí por uno. Realmente acerté. Cuando volví a la oficina la gente no notaba que yo volvía con 3 kilos más de los que me marché y 7 más que cuando empecé a trabajar. Ya he explicado que la gente se hace una idea y una imagen predeterminada y ve pocas variaciones de la misma a no ser que el cambio sea radical.
En principio pensé que con sólo ir al gimnasio y volver a comer de tupper iba a ser suficiente. Pasó todo un mes. Empecé a desesperarme porque tenía que seguir vistiendo sólo con 2 pantalones que eran los únicos que me sentaban medianamente bien y me entraban (los pantalones eran elásticos y por eso todavía me los podía embutir). En noviembre conseguí que me volvieran a valer los pantalones de antes. La cosa no iba tan mal pero no era suficiente.

A finales de 2007 empecé a escribir con vistas a crear un blog aunque no lo haya hecho hasta ahora. Son bastantes entradas por lo que las voy añadiendo en diferentes post con la fecha como parte del título.

De ahora en adelante escribiré si no todos los días, intentaré hacerlo por lo menos todas las semanas. Estáis invitadas a este sitio. Leeré vuestros comentarios al igual que vosotras leéis los míos. Nos animaremos, aconsejaremos y ayudaremos mutuamente.
Pido que si gente llegara aquí y leyera algo que no le gusta, que no comparte, que le repugna, que nos respete. No pido que comparta lo que pienso, hago o vivo, porque seguro, yo tampoco comparto lo que piensa, hace y vive. No me meto con nadie por lo que espero lo mismo de los demás.


Nota: todos los nombres y lugares de viajes no son los reales. Prefiero seguir medio-oculta.