lunes, 23 de febrero de 2015

A quien interese, vía mail

Aunque no publico ni sigo ya blogs de este tipo, si alguna quisiera ponerse en contacto conmigo, podría hacerlo vía mail. 
He recibido mails de algunas de vosotras y, como sabéis las que lo habéis hecho, contesto a los correos.
No quiero dar detalles de cómo me va porque sería más que repetitivo respecto de alguna de mis entradas anteriores. 

Tengo mis días.

lunes, 13 de junio de 2011

¡PUES NO! ¡NO ME ALEGRO!

(entrada larga, necesito desahogarme)

Ahora resulta que soy la persona más egoísta y envidiosa que conozco. ¿Y por qué? Pues porque se me llevan los demonios cuando alguna de mis amigas me dice que ha adelgazado, porque la reventaría la cara cuando me cuenta lo que come y lo que no, porque estoy hasta los cojones de que me hablen de los beneficios de la dieta Dukan con una sonrisilla en la cara para que al final de cada frase añadan un ‘a ti no te hace falta, claro’, porque se las dan de que se las saben todas y son expertas nutricionistas cuando lo único que hacen es seguir lo que pone en un libro, porque parece que todo el mundo a mi alrededor puede alardear de que están a dieta y nadie les dice nada, mientras yo si no quiero comerme el bocadillo de turno y prefiero pasar con un café tengo que aguantar miradas inquisidoras, porque hasta mi suegra le hace una comida especial a mi cuñada, que está a dieta, mientras a mí lo único que me dice es ‘¿no vas a comer más? Has comido poco’, porque todo el mundo parece tener derecho a comer lo que le de la gana menos yo.

Por eso y porque no soporto ver que mis amigas están adelgazando. Lo siento, pero es así. Me da envidia. No que hayan adelgazado, eso yo también puedo hacerlo, sino que además las feliciten por ello, se regodeen y me lo restrieguen por los morros en plan ‘ya he bajado 5 kilos’ mientras piensan en meterse en alguno de mis pantalones para ver si las valen. Puede que me esté volviendo paranoica y que todo me lo tome como una agresión en toda regla hacia mi persona. No lo sé. Bueno, a decir verdad, si que lo sé: pero es que estoy segura de ello. Cada vez son más las conocidas y amigas que se apuntan a la dieta y, por tanto, más las que están adelgazando y yo no puedo dejar de desear que se pongan gordas. Sí, lo sé: ellas también tienen derecho a estar delgadas y debería de alegrarme por ellas, bla, bla, bla. Pero ni me alegro, ni creo que tengan derecho a meterse en mi terreno. ‘Mi terreno’ digo. ¡A qué he llegado! A desear volver a esos 40 kilos que dejé hace 2 años; a atiborrarme de helados, bollos y chucherías para después terminar echándolo todo por el wc más cercano; a quedarme flaca como un escuerzo sólo por la satisfacción de un ‘mira, no me puedes alcanzar’; a pensar que cada kilo perdido por ellas es una batalla perdida mía.

Y si esto no es bastante, yo estoy más gorda que nunca. Bueno, que nunca no. Pero he engordado 3 kilos y me están matando. Así que me da más rabia aún.

A todo esto tengo que añadir un ‘estás otra vez que da asco verte’. No puedo describir mi cara de asombro ante esto, ya que, como he dicho, he engordado nada más y nada menos que 3 kilos. Aún así, parece que la gentuza de alrededor de mi madre, no puede tener la boca cerrada y tiene que ir pregonando a los cuatro vientos lo flaca y fea que estoy. Y no es que antes estuviera más guapa. No, ni mucho menos. Seguía fea, pero por lo menos, no podían llamarme flaca. Ahora sí. Y yo me alegro, pero mi madre cada vez que tiene que oír de boca de alguna conocida lo flaca que estoy, le da ganas de echarse a llorar. Porque es mi madre y se preocupa por mí. Claro que lo que no le dicen estas petardas menopaúsicas, viejas y arrugadas, es que ellas también están a dieta, que sus hijas, han adelgazado en los últimos meses 5 kilos y que, en este caso, lo que pregonan es lo guapísimas que están y el tipazo que se les ha quedado. No hablo en vano; sus hijas son amigas mías. Y puede que yo esté delgada (no flaca) pero no debería de importarles lo más mínimo. Ni aunque me hubiera propuesto morirme de inanición, que no es el caso, deberían de tener que herir a mi madre. Creo que algún día se les van a atragantar sus palabras y las ganas de herir y desear el mal a los demás para terminar ahogándose en su propia mierda. ¿Es malo desear esto? ¿Me ahogaré yo también por esperar que a esta gentuza metomentodo le den sus propias palabras e ideas en toda la cara?

Alguien me preguntó si tomaba medicación… ahora no puedo mirar porque mientras escribo no tengo el blog abierto, así que os cuento a tod@s. Estuve medicada con clorazepato (genérico de diazepam, lorazepam, orfidal, etc…) pero las dejé enseguida. La verdad es que, en cuanto vi el efecto que me provocaban, únicamente me las tomaba por la noche para poder ‘apagar’ el cerebro y así poder dormir. No me gustaba estar ‘sinsentido’ todo el día. No soportaba ‘nosentir’. Más que nada, porque por aquella época, bastante poco sentía yo como para encima ir por ahí como un fantasma quedándome dormida por todos los rincones. Sí que tenía ansiedad pero, al mismo tiempo, tenía una astenia gigantesca. Estaba deprimida y eufórica al mismo tiempo. Suena raro, pero no sé explicarlo de otra manera.

Por último, decir que siento no poder conectarme tan asiduamente como antes. Aún así, sigo por aquí y os sigo leyendo y siguiendo. ¡Bsines!

lunes, 30 de mayo de 2011

Después de la tormenta no siempre hay calma

Me he dado un tiempo para pensar. Durante este tiempo ausente, exploté. Estallé en un mar de llanto. Hacía tiempo que no lloraba de esa manera. Imaginaos a un niño que tiene el mayor disgusto del mundo. Un niño que, de tanto llorar, casi no puede respirar, le entra hipo, no puede articular palabra aunque lo intenta, intenta explicarse pero no puede porque el llanto le quiebra la voz, moquea, se le nubla la vista, tiembla, y, finalmente, aunque ya no llora, sigue hipando, moqueando, con la visión nublada y hecho un ovillo, acurrucado en los brazos de su madre. Pues he ahí a mí misma. Únicamente cambia que en lugar de estar en brazos de mi madre, terminé en brazos de mi novio. Y es que ha resultado que el Sr. Poco Tacto es un santo. Mi salvador. Me abrazó, intentó calmarme con palabras hasta que se dio cuenta de que un abrazo era mucho más efectivo. Y aguantó todo el tiempo que fue necesario hasta que dejé de temblar. Me cogió en brazos y me llevó a la cama. Se echó junto a mí, me tapó y siguió acurrucado conmigo hasta que fui capaz de mantener una conversación coherente.

Ahora estoy más tranquila. Las cosas se han calmado. Mejor dicho: YO me he calmado. Intento re-encontrarme, hacer las paces, disfrutar un poco más de esto que llaman vida, ver todo desde un punto de vista paralelo para que no sea siempre blanco o negro, pero sin caer en la gama de los grises. No me gustan. La última vez que caí en los grises terminé con el culo en el psiquiatra. La depresión también es un estado de apatía en el que todo da igual y nada nos afecta. Las cosas que pasan a nuestro alrededor deberían de afectarnos. De una manera normal, pero afectarnos. A eso es a lo que estoy aprendiendo. Lo consigo a ratos y aún así, tengo mis bajones. Sigo teniendo reacciones radicales. Pero intento controlarlas o, por lo menos, ser consciente de ellas. El darme cuenta de que algo me está afectando de una manera insana es todo un logro, así que si me descontrolo en mi reacción, siempre y cuando me haya dado cuenta de que ésta es desmesurada, me debería de alegrar y felicitar, ya que es parte del objetivo que persigo.

viernes, 6 de mayo de 2011

De nuevo depresiva

Estoy más dual que nunca. Subo y bajo a una velocidad espasmódica. Las veces en las que estoy triste y sin ganas de nada más que de encerrarme son bastante más numerosas que las que tengo ganas de sonreír (ni qué hablar de reír). Y para cuando vuelvo a un estado más o menos estable, vuelvo a caer. Estoy en el abismo y, en cualquier momento, no voy a poder evitar…

Además de mi estado de tristeza, tengo que añadir al paquete emocional mis pasados ataques de ansiedad que intento controlar porque son los que dejan signos más que latentes por algunos días o, incluso, semanas. Alguna herida ha aparecido en mis manos y no puedo permitir que vaya a más. Me siento pesimista aunque en voz alta intento decir cosas positivas que no termino de creerme y, para acompañar a mi desconfianza en lo que yo misma digo, mi sentimiento de impotencia ante lo que se acontece alrededor va en aumento.

Tengo tanto trabajo que no doy abasto. Esta semana casi exploto y mando a todos a la mierda. Y digo casi, porque gracias a que hablé con mis responsables, se ha solucionado un poco mi situación: por fin puedo delegar trabajo a mi gusto. ¡Vaya! Algo sí que he conseguido. No todo tiene tan mal color. Pasaremos al gris oscuro en lugar de quedarnos en el negro.

No duermo bien, tengo sueños rarísimos que sin llegar a ser pesadillas no me dejan descansar. Los recuerdo y me angustian aún más. Así que, dado mi estado, estoy a la que salta, todo me molesta y me porto mal con la gente, contesto de forma inadecuada, ruda y sin tacto alguno. El problema es que me doy cuenta y no me importa. En lugar de hablar podría ir dando puñaladas que para el caso…

Y ayer se dieron cuenta. Corrijo: ayer me preguntaron acerca de mi estado, porque se llevan dando cuenta algunas semanas. Me preguntan si me pasa algo y yo no tengo ganas de explicar nada. De hecho, ni siquiera sé si lo puedo explicar, porque no me queda claro que tenga explicación. Sí, he asumido que es culpa mía: no es la gente la que me pone de mala hostia, sino que soy yo la que me pongo de mala hostia por la razón que sea.

No es que no tenga ganas de pedir ayuda, es que estoy cansada de explicar las cosas. Evidentemente me pasa algo. ¿Por qué me preguntas si me pasa algo? ¡Joder! Pregúntame qué me pasa, directamente. Puede que así en un acto de los míos de impulsividad te suelte de sopetón que me estoy replanteando mi vida.

¿Alguien sabe cómo se apaga el cerebro?

viernes, 29 de abril de 2011

Mis amigas Dukanianas y Huesos

En abril… ¿dietas mil? No estoy segura de que el dicho fuera así, pero parece que tiene bastante más sentido por lo que puedo ver alrededor. No ha llovido mucho este mes, pero sí que ha habido un montón de dietas. Y no es que las haya hecho yo, es que todas mis amigas, conocidas y compañeritas de trabajo, están a dieta. Sí, sí, sí. Como leéis. Y qué decir: me tienen hasta los mismísimos. No aguanto más. No lo soporto. Monotema. Nos juntamos para cualquier cosa y ¿de qué hablan? de la dieta. Yo he comido ‘tal’ y tengo ‘pascual’ para cenar. No paso nada de hambre. En esta fase puedo comer ensalada. Yo ya he incluido pan… Y yo me muerdo los huevos por no soltarlas un par de gritos bien dados. Yo me muero de rabia porque ellas están todas contentas hablando de dietas para bajar 5-7 kilos que a la mayoría no las sobran (bueno, desde mi punto de vista sí, pero, como bien sabéis, no soy objetiva), mientras a mí no se me permite hablar de esas cosas. No, tú no puedes decir que comes sano porque ya estás flaca. Tú no puedes hacer dieta porque mira cómo estás. Tú es que tienes mucha suerte. A ti no te hace falta. Blablabla. Mierda para todas. Se podrían ir a la mierda un rato. Un rato largo.

Y sí, me da rabia que adelgacen. Primero porque a mí me pusieron verde cuando perdí kilos y ahora a ellas, que están haciendo lo mismo, no se las puede toser porque yo mira como estoy. Y después, porque de lo único que yo tengo ganas es que quedarme flaca como un escuerzo. No es que quiera adelgazar más. Estoy bastante estabilizada pero es que cuando oigo lo que han adelgazado, lo grande que les queda el pantalón que compraron hace unos meses o lo que tienen para comer, a mí me dan ganas de vomitarlas en la cara. HIPÓCRITAS. ENVIDIOSAS. Todavía las tengo que oír decir que yo estoy excesivamente delgada.

Así que intento cambiar de temas o, directamente, irme con los chicos que ellos no hacen dieta. Para evitar estas cosas he estado quedando con mi madre. Hemos ido de compras. Últimamente nos llevamos bastante bien o, mejor dicho, no estamos discutiendo tanto por mi peso. ¿Lo habrán aceptado aunque no les guste? Porque sé que no les gusta. Me dio por probarme un biquini. Mala idea, pero ya era tarde. Es precioso, pruébatelo, si yo llego a tener tu edad me lo compraba. Pues venga: Hidden al probador. La luz del probador es estupenda. No hay demasiada, así que no me veo excesivamente blanca (que es como realmente estoy) y parece todo difuminado. Favorece. Me quité la camiseta, el suje y me planté la parte de arriba. Oh, oh… se me notan todos los huesos, las costillas y los del escote… ni con la luz esta… vale, respira, coge aire como las bailarinas, rellena pero sin que se te noten más las costillas, parece que tengo algo más de barriguita, las costillas no se notan más (tampoco menos), con los de el escote no hay nada que hacer y las tetas tampoco se pueden rellenar (una pena).
--¿Qué tal? – pregunta mi madre desde el otro lado de la cortina.
-- Pues fatal, no tengo tetas. – que no abra, que no mire. Pero veo una mano enganchando la cortina negra por el costado derecho…
-- A ver… – ¡mierda! mierda, mierda, mierda...
-- Eres todos huesitos, ¡te queda grande! - mierda, mierda, mierda... ¿cuántos mierda puedo llegar a pensar?...
-- Ya, ya lo veo. Te he dicho que me quedaba mal. Quita, ya está. Una pena. – digo yo mientras cierro la cortinilla e intento echar a mi madre del probador.
Me visto, enrollo un palestino al cuello para tapar esos huesos de los que hace apenas un minuto hablaba mi madre. Si no los ve puede que se olvide de ellos. Tonterías. Salgo y la veo mirando ropa entre los estantes. Me sonríe. No está enfadada. Casi parece que le ha hecho gracia. ¡¡Mi hija no tiene tetas!! En fin…
-- ¿alguna vez vas a volver a pesar lo que pesabas?. – me dice sin mala intención.
-- No estoy tan delgada como otras veces. Además…
-- Este no es tu cuerpo. – me corta a mitad de frase. Así que intento quitarle importancia.

Me sentí tan culpable, que terminé merendando con ella un bocadillito de jamón ibérico con queso de untar que me pesó toda la tarde. Aún así, no vomito. Mejor. En su lugar, ahora, me laxo. ¿Peor? No lo sé.
Me voy recuperando de la crisis que tuve a mediados de mes. Sigo con ataques de ansiedad y pánico, pero intento superarlos. Estoy plantando cara a mis elecciones y siendo consecuente con ellas. No puedo explicar exactamente lo que me pasa por razones personales, aunque no descarto contarlas más adelante. Puede que cuando lo haya superado del todo (si es que eso es posible…).